Hay boinas que resultan inquietantes
En España los famosos son toreros, deportistas, actores comprometidos y cocineros semianalfabetos que salen en la tele. Raro es el escritor que alcanza este estatuto de celebridad. Lo fueron Cela y Umbral, y lo es hoy Pérez-Reverte, el bucanero cartagenero. Un novelista, por lo general un tipo triste, solitario y con el culo gordo de estar tanto tiempo sentado, no puede competir con el gancho de Paquirrín ni con María Pombo. A lo sumo, su nombre suena entre familiares, conocidos y morfinómanos de la letra escrita. Si supera la barrera de los mil ejemplares vendidos en un país con 50 millones de habitantes, se puede considerar un privilegiado.
Estos son los límites del mundo literario español.
Pero hay excepciones.
Una de ellas es David Uclés (Úbeda, 1990). Es la estrella del firmamento editorial. Hace tres años era casi un completo desconocido. Había publicado dos novelas, Emilio y Octubre (2019) y El llanto del león (2020). Pero en 2024 se obró el milagro. La península de las casas vacías (2024), en la que el autor cuenta la guerra civil en un pequeño pueblo andaluz, conquistó el interés del público, hasta convertirse en un éxito de ventas. De este libro de 700 páginas, deudor del realismo mágico, al que Uclés dedicó quince años, se han vendido más de 450.000 ejemplares. Con el dinero obtenido, Uclés podrá dar la entrada de un piso decente en Madrid.
Impulsado por ese éxito, Uclés se presentó al Premio Nadal. Lo había hecho en otras ocasiones. Y lo ganó con un título que reproduce el mismo sintagma de la novela anterior, La ciudad de las luces muertas. En este caso, el protagonista es la Barcelona de la posguerra, que sufre un apagón y por la que discurren monumentos y personajes varias épocas. Es un homenaje a Carmen Laforet, autora de Nada, novela premiada con el Nadal en 1945. Gracias al premio, Uclés cambió Siruela por Destino, fundada por un grupo de falangistas catalanes después de la guerra civil.
Sin haber leído nada de él, me enteré, en las vacaciones de Semana Santa, que el joven jiennense iba a presentar su último libro en el Paraninfo de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Albacete. Una tarde de abril me fui a conocerlo, como cientos de personas que abarrotaron el auditorio. He dejado pasar dos meses para sedimentar aquella experiencia interesante y enriquecedora. La voy a contar.
Pronto se vio que el público estaba entregado a la celebridad literaria. Aun con presencia de algunos jóvenes, la mayoría eran cincuentones (los llamados boomers, en tono despectivo), que compartían vestimenta desenfadada e ideología progresista. Como sabía que el encuentro sería un éxito, llegué con media hora de antelación. Ya había cola. Logré un asiento en una buena fila, la cuarta, justo en el centro del auditorio. Y me dispuse a ver y escuchar.
Una profesora o catedrática, usuaria ejemplar del lenguaje inclusivo, presentó a David Uclés. Pude apreciar que es bajo de estatura, muy delgado, con predilección por la ropa de Humana (tonos marrones y verdes), ojos muy expresivos, sonrisa cautivadora y con la característica boina o gorra que lleva puesta desde los quince años, según confesó. Lo primero que advertí es que Uclés es un gran vendedor de sí mismo, maneja el marketing con destreza, sabe lo que tiene que decir y cómo decirlo. Conoce bien el perfil de sus lectores. Es el juglar de la izquierda: escribe, canta y toca instrumentos musicales. Un portento.
Todo su discurso fue previsible. Regaló los oídos de los oyentes hablando de la amenaza de la extrema derecha. Era lo que esperaban oír de él. Ni una palabra sobre el precio de los huevos, la pobreza infantil o el coste de la vivienda. Él venía a hablar sobre el libro del fascismo, que pone en riesgo los derechos conquistados y, que si llegara al poder a través de las urnas, habría que "combatir en la calle". Lo decía a preguntas de la entrevistadora, con manejo eficaz de la palabra. Uclés es rápido de reflejos, irónico, bromista y simpático. E inquietante porque debajo de ese discurso de 'buen rollo' subyace un mensaje peligroso: la falta de respeto por un hipotético resultado en las urnas que fuese adverso a la izquierda en las próximas elecciones. Como en 1933.
Recordando al Lorca de Poeta en Nueva York, en 1929, el autor -que se considera más manchego que andaluz, pues recela de todo lo sevillano-, fantaseó con que también a él, homosexual declarado, lo matasen las fuerzas reaccionarias. Inquietante, como decía, porque las ideas de Uclés pueden calar en una parte de la juventud porque no están revestidas del dogmatismo de otros artistas del Régimen, como el poeta viudo y tristón Luis García Montero, o su paisano plomizo Antonio Muñoz Molina, que le tendrá envidia porque ningún libro suyo ha alcanzado las ventas de La Península.
Hijo de guardia civil, Uclés es el paradigma del artista ideal: es de izquierdas, activista LGTBIQ, sufrió también acoso en la escuela y simpatiza con la España plurinacional que nos viene. No lo dijo, pero será vegetariano o vegano. Admira al nacionalismo catalán. Nunca menciona la palabra España, la sustituye por Iberia, que no es exactamente lo mismo, porque Iberia incluye también a Portugal y Andorra.
De Lisboa vino, precisamente, para dar su charla en Albacete antes de marcharse a Italia. Dijo haber dormido en la cama de José Saramago, y de hablar con su fantasma. Divertido. También habló del poder redentor del arte, confesó que no es un escritor político como Saramago y anunció que le gustaría escribir un libro sobre el sida. Freddy Mercury aparece en La ciudad de las luces muertas.
A preguntas del público, Uclés demostró manejarse con soltura en estos ambientes. Sus ocurrencias te arrancaban una sonrisa y, en ocasiones, una carcajada. Algunos de los asistentes insistieron en el peligro ultra que se cierne sobre nuestras pobres vidas. Casi todos portaban caras de jubilados o tenían las vidas resueltas gracias a ocupar una plaza de funcionario.
Uclés acabó su intervención cantando un fado. Se llevó un sonoro aplauso de los presentes. Hasta yo le aplaudí porque, indudablemente, pasé un rato agradable con este muchacho inquietante. Luego se formó una larga cola para comprar uno de sus libros. Me fui sin comprarle ninguna. Pero, David, no pierdas la esperanza. Espero que me convenzas la próxima vez.


