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Yo maté a Dorian Gray

Otros vendrán que bueno te harán

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El interés por la figura de Fernando VII no afloja, acaso porque es el malo de esa película en blanco y negro, de serie B, con pésimos actores y peor guion, que es la historia contemporánea de España. Los historiadores han sido generosos en el empleo de la adjetivación para describir al personaje: malvado, traidor, mentiroso, cruel, egoísta, cobarde, vengativo, desconfiado y otras lindezas que me ahorro para no aburrir al lector. El rey felón, así se le conoce.  Como desconfío de las unanimidades, así sean en la historia como en la vida, me interesé por la biografía del hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma. Sabia decisión la de leer el ensayo  Fernando VII. Un rey deseado y detestado , escrito por Emilio La Parra, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante. De este historiador guardaba la excelente impresión que me causó su biografía sobre Manuel Godoy, que perdió el poder a raíz del motín de Aranjuez, organizado y financiado por Fernando.  El...

¡Ay de los vencidos!

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Si te haces llamar Louis-Ferdinand Céline, aunque tu nombre real sea Louis Ferdinand Auguste Destouches, por fuerza te has de abrir paso en el incierto camino de las letras. Llegarás alto. Bien distinto es que fueses bautizado como Pedro y el primer apellido de tu padre fuese Maestre. Con estas credenciales pudiste aspirar a ganar el premio Nadal, antes de que se hundiese en el completo desprestigio, y después acabar en el olvido, como así fue.  Céline (1894-1961) sigue siendo un escritor maldito, tantos años después de su muerte. Pertenece a esa larga nómina de autores mal vistos por sus ideas o conductas privadas. Pero sus obras tienen tanto poder que pasan por encima de sus detractores. Que le pregunten a H. P. Lovecraft y a Curzio Malaparte. Hoy como ayer, el escritor se enfrenta a tribunales de corrección política. Se ha de escribir lo que toca, alimentando los prejuicios de los lectores, para ser publicado. Los editores, que viven de un negocio menguante, son reacios a las so...

El sueño americano tenía truco

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Todos escondemos un truco. Algunos, los más ladinos, varios. Señal de madurez es descubrir las trampas de tu interlocutor. De sensatos es desarrollar el colmillo retorcido. John Cheever (1912-1982) tuvo especial habilidad para desmontar la tramoya del sueño americano. Estados Unidos, primera potencia y primera gran mentira del mundo. Estados Unidos es el emperador desnudo que queda a la vista, con todas sus vergüenzas, gracias al dedo vacilante de un borracho con ínfulas de patricio. Ese borracho, ese alcohólico brillante e insoportable, fue John Cheever.  Hace meses leí sus Cuentos y, semanas después, sus Diarios . Ambos libros están publicados en Debolsillo. Cientos de páginas de un escritor sobresaliente. Si a comienzos de esta década me hubiesen preguntado por él, no hubiera sabido responder, o hubiese balbuceado una respuesta incoherente e imprecisa, para salir del paso. ¿John Cheever? ¿Quién es? Hay escritores que se descubren después de un largo trecho, después de cam...

Los humoristas son gente triste y honrada

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Mi profesión me ha llevado a leer Tres sombreros de copa , de Miguel Mihura. No puedo asegurar si es la primera vez o, en realidad, se trata de una relectura. Puede que cayese en mis manos hace muchos años. No lo recuerdo. Pasa con la mayoría de los libros: con el tiempo lo olvidas todo sobre ellos.  De cualquiera manera, la comedia de Mihura es una hermosa extrañeza en el teatro español del siglo XX. Sigue viva casi cien años después de haber sido escrita. El autor madrileño la acabó en 1932, pero no la estrenó hasta 1952, en un montaje dirigido por un joven Gustavo Pérez Puig. Veinte años en que Mihura no encontró a un empresario que se arriesgara a ponerla en escena.  Mihura (1905-1977) fue uno de esos escritores que llegan demasiado pronto o demasiado tarde a contentar al público. Tres sombreros de copa fue un antecedente del teatro del absurdo que dominó la escena europea en los años cuarenta y cincuenta. De haber nacido en otro país, de haber sido irlandés como Samuel B...

Y, de repente, un milagro

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Muy rara vez se dan los milagros tanto en la vida como en la literatura. Pero a veces suceden, creedme. Es como ese tesoro que nos pasamos la vida buscando, y un buen día, sin esperarlo, lo encontramos a los pies de un árbol. Hay que indagar mucho, leer sobremanera, para dar con el milagro de una isla.  El milagro lleva por título Helena o el mar del verano , publicado por Ínsula, nada menos que en 1952. Su autor es Julián Ayesta. Lo compré en el Rastro de Albacete, un domingo cargado de nubes inciertas como hoy. El librero desconocía lo que me estaba vendiendo. Vergüenza me da confesar lo que pagué por esta joya. He vuelto a releerlo en la edición de Acantilado. Me ha deslumbrado más que la primera vez.  ¿Cómo se pudo escribir esta novelita, de apenas 80 páginas, en  la posguerra? Cuenta la historia de amor entre dos niños, narrada por el protagonista del que no conoceremos su nombre. Ese amor de pantalones cortos que nos acompañará hasta el fin de los días. Helena o el ...

Los sitios de mi recreo

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"Vivo en la Villa Borghese. No hay ni pizca de suciedad en ninguna parte, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos".  Así comienza Trópico de Cáncer , la novela autobiográfica que dio a a conocer a Henry Miller en el mundo. Es uno de los mejores arranques de un libro que he leído. Miller tenía 43 años cuando publicó su primera novela. Era el año 1934. Unas líneas más abajo escribe: "No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo" .  Miller narró su estancia en el París de los primeros años treinta. Allí conoció a Anaïs Nin. Trópico de Cáncer es lo mejor de su obra narrativa. Sin darme cuenta, lo leí en dos momentos distintos de mi vida: en 1997, estando en Benidorm, y en 2012, en Valencia. ¿Cómo es posible que no recordarse haberlo leído antes? En fin, las cabezas no rigen como deberían.  ¿Se lee hoy a Miller? Lo dudo. Parece un poco abandonado, como tantos otros de su generación. En su contra juega q...

Los pequeños placeres

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El cautivo , basada en el cautiverio de un joven Miguel de Cervantes en Argel, era una película que había que ver. No ayudó la polémica suscitada por su director Alejandro Amenábar. Vender su último trabajo con el reclamo de la supuesta homosexualidad del autor del Quijote podía ser interpretada como una estrategia de marketing para llenar las salas, o servir a la causa del activismo LGTBI. Es decir, convertir a Cervantes en otro icono de la literatura gay. Ya lo hicieron con Lorca. Esto me puso en guardia, e hizo que me acercara a los cine Babel de Valencia más por obligación profesional (recordad que soy aún periodista) que por placer.  Por suerte me equivoqué, o fui lo suficientemente listo para deshacerme de mis prejuicios en los diez primeros minutos de metraje. Había que disfrutar de esta historia, desconocida para la mayoría del público, con la mirada limpia de un niño, sin prejuicios, centrado en los valores estéticos de la película. Cada día es más difícil acercarse a la ...