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Yo maté a Dorian Gray

Ceremonia por una Melilla amenazada

Visitar Melilla era un deseo acariciado desde hacía tiempo. La invasión de Ceuta me convenció de que era el momento de hacerlo. Al viajar a la ciudad quería mostrar mi solidaridad con unos compatriotas igual de amenazados por el expansionismo marroquí. Lo malo de ir a Melilla es que sólo se puede llegar por barco -seis horas de trayecto desde Málaga- o por avión. Elegí la segunda opción aun a sabiendas de que era el mal menor. Como hacía muchos años que no volaba, ignoraba que los pasajeros son tratados como reses que deben permanecer calladas cuando un vigilante les abre las maletas y les sustrae un bote de protección solar, como fue mi caso, o les cachean como si fuesen peligrosos terroristas. Tanto el vuelo de ida como el de vuelto sufrió retrasos.  Pero esto, a fin de cuentas, es anecdótico. Lo importante es que llegué a Melilla, vi y vencí a mi manera. Viajé acompañado por un libro del melillense Fernando Arrabal. De difícil clasificación, pues sería complejo definir su género...

Sin riesgo no hay beneficio

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Como lector  — y no sólo como lector —  soy conservador. Me gusta ir a lo seguro, a la certeza de los autores conocidos. No piso bibliotecas ni pido prestados libros, que rara vez se devuelven, de modo que si quiero seguir leyendo no me queda otra que rascarme el bolsillo. Una novedad literaria cuesta 20 euros de media. Es una cantidad apreciable que invita a no tomarse estas cosas a la ligera. ¡Y si después de comprarlo, el libro nos decepciona! Pero el lector, al igual que el escritor, debe arriesgar alejándose de las rutas seguras. Conviene abrir la ventana para ventilar la habitación de gustos literarios que, a fuerza de repetirse, conducen a la monotonía y el conformismo. En España hay mucho donde elegir. Puede que haya más escritores que lectores. Lo difícil es acertar ante la desmesurada oferta. Ni que decir tiene que las mujeres copan las novedades en las librerías. A ojo de buen cubero, calculo que representan entre el 60-70% de lo publicado.  Para mí, hombre de ...

Quien a hierro mata, a hierro muere

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La lectura placentera de un libro abre las puertas a seguir interesándose por la obra de un escritor. Esto me ocurrió, a comienzos del año, con  Máscara s, una novela del cubano Leonardo Padura, dentro de la serie protagonizada por el inspector Mario Conde. Curioso como soy en materia literaria, pedí consejo sobre cuál podía ser el libro idóneo para adentrarme en la narrativa de Padura. La respuesta que me dieron fue clara: escoge El hombre que amaba a los perros (Tusquets). Publicada en 2009, esta novela ambiciosa, a la que el autor dedicó tres años de escritura tras una larga investigación, tiene un pie puesto en la ficción y otra en la historia. Pero el autor advierte, en su nota final de agradecimiento, que, al tratarse de una novela prevalecen "las libertades y exigencias de la ficción". El título es el mismo de un relato de Raymond Chandler.  ¿Quién es el hombre que amaba a los perros? No me atrevo a reventar la trama de la historia; sería poco alentador para quien est...

¡Queremos tanto a Stevenson!

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Hay escritores que nos gustan porque cautivan con sus historias, aprendemos de ellos, nos sorprenden e interpelan, remueven los cimientos de nuestras aparentes convicciones, abren ventanas en casas cerradas largo tiempo y nos hacen más llevaderas las tardes de verano. Y hay escritores que nos hacen felices al leer sus libros. Robert Louis Stevenson es de estos últimos.  En una de mis frecuentes visitas a las librerías del centro de Valencia, encontré, casi sin quererlo, en una estantería dedicada a literatura bilingüe, el librito A Christmas Sermon (Sermón de Navidad) , de Stevenson, editado por KEN. Esta obra se publicó por primera vez en la revista mensual Scribner´s Magazine , de Nueva York, en diciembre de 1888. Dos años después vio la luz en forma de libro.    Este opúsculo, que leí en media hora, es un primor de las letras. Sermón de Navidad resume la sabiduría vital y narrativa del autor escocés, célebre entonces por La isla del tesoro (1883) y El extraño caso de...

Houellebecq, el moralista inesperado

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Hay escritores bendecidos con el don de captar el espíritu de una época. Con la precisión del cirujano experto, sajan el cuerpo social y de él extraen sus vísceras podridas para analizarlas sin prejuicios. Detectan los síntomas de descomposición y, en algunos casos, sus obras profetizan el futuro sobre las ruinas del presente. Ven lo que un común ignora: las leyes secretas que gobiernan un tiempo. Balzac, Galdós y Chirbes pertenecen a esta raza de escritores.  Y Michel Houellebecq.  Cuando este autor francés (1958) publicó su primera novela Ampliación del campo de batalla en 1994, el mundo todavía se las prometía muy felices. Había caído el comunismo y un profesor de apellido japonés, con cierta osadía, declaró el final de la historia. Eran los tiempos del neoliberalismo, que se abría paso frente a una izquierda desnortada a raíz del hundimiento de la URSS; de gobernantes borrachines como Yeltsin y de una Iglesia que intentaba recuperar la influencia perdida de la mano severa...

Las confesiones de un editor distinguido

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El escritor tiene al editor y al librero como compañeros de viaje. Una vez acabado un libro, la principal preocupación de un autor es encontrar a quien se lo publique. La mayoría de las veces nadie atiende su petición. Y, para que no se pudra en un cajón, recurre a la autoedición, que es una forma frecuente de autoengaño de la que viven las imprentas. Un escritor novel sueña con que célebres editoriales como Anagrama, Tusquets o Seix Barral publiquen su novela, pero en realidad desconoce cómo funcionan estas empresas, cuáles son sus reglas, no siempre transparentes, y sus códigos. Conocerlas le ayudará a afinar el tiro, a que alguna de esas puertas u otras en las que no había pensado se abran. La realidad, a menudo, es diferente a lo imaginado. A esos jóvenes  — y no tan jóvenes —  que han entendido que la literatura, entre muchas cosas, es apartarse de la corriente de la vida para escribir sobre sus secretos, les recomendaría que leyesen las memorias de Enrique Murillo, Perso...

Leer a Dostoievski a 35 grados a la sombra

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No fue una buena idea leer a Fiódor Dostoievski a comienzos de otro verano africano, con temperaturas que sobrepasan los 30 grados, anulando, casi por completo, la voluntad. Ya de por sí el novelista ruso exige, en condiciones normales, un esfuerzo físico y mental. Físico si se trata de novelas como Los demonios , objeto de esta reseña, que abarca 900 páginas. Y mental por el elevado número de personajes, con nombres que a menudo cuesta retener (ninguno se llama Pepe López ni María Ramírez, por ejemplo), la trama y las subtramas desarrolladas y sobre todo la densidad de algunos diálogos. Dostoievski como gigante literario te exige mucho como lector; es un tour de force , un reto que exige paciencia y dedicación, pero merece la pena intentarlo.  En sólo un año he leído tres libros de Fiódor Dostoievski: Memorias sobre la casa muerta , basada en su experiencia como preso en Siberia, El idiota y Los demonios . Todas ellas de una larga extensión, especialmente las dos últimas. En la c...