Otros vendrán que bueno te harán

El interés por la figura de Fernando VII no afloja, acaso porque es el malo de esa película en blanco y negro, de serie B, con pésimos actores y peor guion, que es la historia contemporánea de España. Los historiadores han sido generosos en el empleo de la adjetivación para describir al personaje: malvado, traidor, mentiroso, cruel, egoísta, cobarde, vengativo, desconfiado y otras lindezas que me ahorro para no aburrir al lector. El rey felón, así se le conoce. 

Como desconfío de las unanimidades, así sean en la historia como en la vida, me interesé por la biografía del hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma. Sabia decisión la de leer el ensayo Fernando VII. Un rey deseado y detestado, escrito por Emilio La Parra, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante. De este historiador guardaba la excelente impresión que me causó su biografía sobre Manuel Godoy, que perdió el poder a raíz del motín de Aranjuez, organizado y financiado por Fernando. 

El libro de Emilio La Parra sobre el último rey absoluto español, galardonado con el XXX Premio Comillas, repasa la vida de Fernando VII desde su nacimiento y posterior jura como Príncipe de Asturias, hasta su muerte en 1833, a las puertas de la primera guerra carlista. Es un relato que se lee con interés, bien escrito, con numerosos testimonios y documentos sobre el personaje. 

A la luz de lo leído, queda clara la mala opinión del historiador sobre Fernando VII. Sin embargo, huye de emplear la brocha gorda al retratar a su protagonista. Aunque el balance histórico le parezca sumamente negativo, La Parra tampoco oculta las reformas que el rey borbón introdujo en España, en la denominada Década Ominosa. 

Sin ánimo de pecar de exhaustivo, esas reformas, dictadas por la táctica y la conveniencia más que por el convencimiento, según apunta el historiador, fueron el Consejo de Ministros en 1823; la creación de la futura Policía Nacional en 1824, entonces para reprimir a liberales y en menor medida a los ultras; el Tribunal Mayor de Cuentas (1828) y la Bolsa de Comercio de Madrid (1831). En 1828 se aprobó el primer Presupuesto General del Estado. 

A estas reformas económicas cabe añadir otras de carácter cultural, no menos importantes. La más destacada es la inauguración del Museo del Prado en 1819, atribuida a la influencia de su segunda mujer, María Isabel de Braganza. También en su haber cabe mencionar la puesta en marcha de la Biblioteca Nacional (1814), que comenzó siendo la biblioteca particular del rey.   


No nos va la vida en defender a Fernando VII, pero conviene dejar constancia de que no todo lo que hizo fue malo. También tuvo algún día bueno. Incluso se negó a restablecer la Inquisición en 1823, después de haberlo en 1814, como así le pedía su hermano Carlos María Isidro, con quien se distanció a raíz del nacimiento de su hija Isabel, concebida con su última y cuarta esposa, María Cristina de Borbón. 

En honor a la verdad, el odioso Fernando VII fue nuestro primero rey 'feminista'. En 1830 ordenó publicar la Pragmática Sanción que suprimía Ley Sálica, la cual primaba a los varones en el acceso al trono, y de esa manera facilitó que su hija fuese la futura Isabel II.  

Dicho esto, tampoco caben dudas de que el adjetivo de felón se lo ganó a pulso. Un sujeto de mucho cuidado don Fernando de Borbón. Cuando era príncipe de Asturias traicionó a sus padres en la trama de El Escorial, para hacerse con la corona; fue servil con Napoleón hasta extremos que sonrojan -"nuestro soberano", le llamaba mientras sus partidarios se dejaban la vida combatiendo contra los franceses-; pisoteó la Constitución de 1812; persiguió, encarceló y ajustició a liberales como El Empecinado, Torrijos y Mariana Pineda; permitió que las tropas francesas que lo habían repuesto como rey absoluto, después del Trienio Liberal, se quedaran en España hasta 1827. En suma, hizo del engaño, la delación y la perfidia una forma de gobierno. Y algo no menos importante: la casi totalidad de la América española se perdió por su incompetencia y falta de visión.

Este era el rey, el político, pero ¿cómo fue el hombre? El libro de La Parra nos descubre a un varón "profundamente enamorado" (¿os suena esta expresión?) con sus cuatro esposas. Con ellas se comportó con la humanidad que no tuvo para padres, ministros y adversarios políticos. Las cartas dirigidas a sus esposas conmueven por su dulzura. A Isabel de Braganza le escribe notas de este tenor: "Quisiera tener alas para volar a tu encuentro" y "Desde que estás en España, no pienso más que en ti, y aun durmiendo sueño contigo". Con su última esposa, María Cristina, es si cabe más efusivo. Puede leerse que le dice: "pimpollo mío", "pichón mío", "salero de mis ojos y "resalada mía", entre otras cucadas.  

Fernando VII padecía una extraña enfermedad, denominada macrogenitosomía (desarrollo excesivo de los genitales), que puso en guardia a su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia, que venía precedida por su fama de mujer mojigata y piadosa. En su primer matrimonio, celebrado con María Antonia de Borbón, el rey tardó once meses en consumar el acto marital, para desesperación de la suegra. La  esposa tuvo una mala impresión cuando lo vio por primera vez: "Desciendo de la carroza y veo al Príncipe. Creí desmayarme". 


En los retratos de Goya y Vicente López se aprecia que Fernando no fue especialmente agraciado. Llegó a llevar peluquín. Comía cuatro veces al día, según dejó dicho el puntilloso de Talleyrand. De estatura mediana, pesaba 103 kilos en 1821. Era campechano con sus súbditos, a los que ofrecía un pitillo si estaba de buen humor. Buen jugador de billar, asistía a corridas de toros con regularidad. Le gustaba leer y llevaba un diario en sus viajes por el país. Su gran descubrimiento fue ver el mar. 

Murió con 49 años. Era propenso a sufrir ataques de gota. La causa de su fallecimiento fue una apoplejía. Murió sin que le administraran los sacramentos, para escándalo del clero y los partidarios de Carlos. María Cristina ordenó que no se tocase el cadáver durante cuarenta y ocho horas, pero hubo que reducirlo a veinticuatro por el olor que desprendía. En el panteón de El Escorial, donde descansan sus restos, hubo miembros de la comitiva que se desmayaron por el hedor. Sic transit gloria mundi...

Casi doscientos años después de su muerte se admiten apuestas sobre si en realidad ha sido el peor gobernante de la España contemporánea. Todo apunta a que en los últimos años le ha salido un serio competidor, un gobernante igual de traidor, pérfido y mentiroso. Pero al menos el monarca, pese a su célebre crueldad, nos dejó el Museo del Prado. Esto juega, ciertamente, a su favor.   

 



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