Las tribulaciones de un escritor de derechas

Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964) es un escritor relativamente olvidado. Adquirió la fama como cronista parlamentario en ABC, en sustitución de Azorín, allá por los años veinte. Al final del siglo pasado, su nombre salió del ostracismo gracias a la adaptación cinematográfica de José Luis Cuerda sobre su novela más conocida, El bosque animado. Otro libro digno de ser leído es Volvoreta. Ambos transcurren en Galicia, de donde Fernández Flórez era originario. Como otros autores gallegos, fue un gran escritor en castellano. Su prosa poseía la musicalidad adquirida de la lengua de Rosalía de Castro. 

Nuestro protagonista fue un superviviente de la última guerra civil. Identificado con la prensa conservadora, salvó la vida escondiéndose en domicilios particulares y dos embajadas, la de Argentina y la de Países Bajos, en el primer año de la contienda. Otros compañeros de ABC, entre ellos Víctor Pradera y Manuel Bueno, carecieron de su suerte. Fueron asesinados a manos de milicianos. 

Todo este periplo de terror, miseria moral y hambre lo cuenta en El terror rojo (Ediciones 98), dividida en una serie de crónicas sobre la experiencia vivida en el Madrid de las checas, su traslado a Valencia, a la que define como "la Meca de los aventureros de todo el mundo", y su posterior huida a Francia. De allí pasará a San Sebastián, como otros exiliados del régimen republicano, en 1937. 

El terror rojo se publicó en Lisboa, en portugués, con el título de O Terror Vermelho. Fue en 1938. Desde entonces y hasta que lo rescató Ediciones 98, no había visto la luz en España. Quizá fuese mejor así porque, de haberlo leído, Cuerda, progresista íntegro, no hubiera adaptado El bosque animado. En el prefacio el autor nos advierte de que, al escribir esas crónicas, cambió de "amo": de servir a la "belleza" pasó a servir al "bien". Y añade: "Son, nada más, nada menos, el testimonio de un hombre honrado que cuenta lo que vio, lo que sufrió y también lo que comprendió, sucintamente y abandonando, por una vez en su vida, la retórica".    

Este libro recorre la vida de un "animal escondido" así se define el autor—, siempre en vilo, con el temor a ser detenido por milicianos que lo enviarían a una checa para después darle el correspondiente 'paseo'. A punto estuvo de que así sucediese en distintas ocasiones. La prensa republicana llegó a darlo por muerto. El terror rojo se sustentaba en tres motivos, según relata:

El automóvil que paraba enfrente de casa.

El ascensor que subía.

El timbre en la puerta.  

Un refugiado y un fugitivo, como fue Fernández Flórez, comprueba que la guerra saca lo peor de las personas, en particular, la envidia y el odio de clase. De los porteros, convertidos en informantes de la policía republicana, no cabía fiarse, ni tampoco de los chóferes. De muchas mujeres proletarias, tampoco. Escasos compatriotas le tendieron la mano para no arriesgar sus vidas. La solidaridad (palabra que empleo no sin precaución, dado su descrédito en estos días) le llegó de los extranjeros; del aristócrata portugués que le da cobijo en su domicilio, tras el golpe de Estado; de un argentino apellidado Pérez Quesada, que le busca refugio en la embajada de su país, y, por último, del cónsul holandés en Valencia, Jan De Wit. Este último lo acompañará en su huida a Francia, después pasar en Valencia cuatro meses. 


A Fernández Flórez conviene agradecerle que con su testimonio desmonte el mito de los "elementos incontrolados" que sembraron el terror en la zona republicana hasta 1937. Eso de que "fue inevitable" la espiral de violencia contra las personas católicas y de derechas en la retaguardia carece de fundamento, a juicio del escritor gallego. "Sofisma hipócrita, lágrimas de cocodrilo. ¿Cómo puede pedirse olvido y perdón para aquella enorme y cruel matanza, para aquel desatado huracán de destrucciones?", escribe.

El libro está soberbiamente escrito. Hay páginas sobresalientes como cuando Fernández Flórez y otros refugiados de la embajada de Países Bajos hallan la calma escuchando un concierto de Beethoven por la radio. Esos mismos hombres, víctimas del hambre y el frío, se entusiasman tras conocerse que una bomba de los nacionales ha matado a una vaca en una lechería cercana. "¡Urge avisar al canciller para que nos compre esa carne!", se lee.

Se agradecen libros como este o como los recientes diarios de Concha Espina, pues dan cumplimiento legal a la memoria histórica, democrática o el adjetivo que se quiera, a merced de lo que decida el poder constituido. En las últimas cuatro décadas, hemos leído novelas, ensayos, poemarios y obras teatrales que reflejan los crímenes de los insurrectos, como si la crueldad hubiese sido patrimonio exclusivo de ellos. La guerra civil estuvo lejos de ser un cuento de buenos y malos, como quieren hacernos creer los intelectuales orgánicos, muy bien pagados, por cierto. Fue una matanza entre hermanos, una más en nuestra historia cainita, que algunos hombres y mujeres de poder se empeñan en revivir, para su beneficio y el de sus familias. 

Entradas populares de este blog

Los pequeños placeres

¡Ay de los vencidos!

Azorín visto por Juan Gil-Albert