Los humoristas son gente triste y honrada

Mi profesión me ha llevado a leer Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura. No puedo asegurar si es la primera vez o, en realidad, se trata de una relectura. Puede que cayese en mis manos hace muchos años. No lo recuerdo. Pasa con la mayoría de los libros: con el tiempo lo olvidas todo sobre ellos. 

De cualquiera manera, la comedia de Mihura es una hermosa extrañeza en el teatro español del siglo XX. Sigue viva casi cien años después de haber sido escrita. El autor madrileño la acabó en 1932, pero no la estrenó hasta 1952, en un montaje dirigido por un joven Gustavo Pérez Puig. Veinte años en que Mihura no encontró a un empresario que se arriesgara a ponerla en escena. 

Mihura (1905-1977) fue uno de esos escritores que llegan demasiado pronto o demasiado tarde a contentar al público. Tres sombreros de copa fue un antecedente del teatro del absurdo que dominó la escena europea en los años cuarenta y cincuenta. De haber nacido en otro país, de haber sido irlandés como Samuel Beckett, o rumano en lengua francesa como Eugène Ionesco, Mihura sería, tal vez, uno de los grandes autores teatrales de la primera mitad del siglo XX. 

Pero se quedó a mitad de camino porque el público no entendió Tres sombreros de copa. La obra fracasó en taquilla. Era normal que así fuera porque los espectadores estaban acostumbrados a un teatro comercial, a un humor de risa fácil, superficial y plano, concebido para evadirse de la realidad.

Tres sombreros de copa fue demasiado innovadora para su época: una comedia influida por las vanguardias que rompía con la lógica y el realismo, y que se atrevía a criticar a una burguesía pacata. El protagonista es Dionisio, un joven acomodado que va a pasar su última noche de soltero en un hotel modesto. Allí conocerá a la bailarina Paula, de la que se enamorará; al negro Buby, a don Rosario, propietario del hotel; al Odioso Señor, al Cazador Astuto, etc., personajes estrafalarios que nunca encontraríamos en una comedia benaventina, ni en las astracanadas de Pedro Muñoz Seca.    

Mihura acusó el fracaso y, tal como reconoció públicamente, endulzó sus comedias para ganar dinero con el teatro. Lo llamó "prostituirse" en su oficio. Al menos fue sincero. Para él, era mejor esto que escribir "al dictado de los burros de los productores" de cine. Acabó harto de ellos. En los años cincuenta y sesenta triunfó con comedias como Mi adorado Juan, Maribel y la extraña familia y Ninette y un señor de Murcia, llevada al cine por Fernando Fernán-Gómez. A partir 1968 dejó de escribir teatro. Pasó sus últimos años en Fuenterrabía. Poco antes de morir ingresó en la RAE. 



Los que le conocieron entre ellos su hermano Jerónimo, con quien colaboró en el cine destacaron su carácter huraño, tierno y tímido. Cojo como lord Byron, fue un soltero empedernido. Para ser un vago, como él se definía, llegó a escribir 23 comedias y varios guiones de cine, entre ellos Bienvenido, míster Marshall. Fue el primer director de la revista de humor La Codorniz

Falangista en su juventud, perteneció a la otra generación del 27, formada por Enrique Jardiel Poncela, Tono, Edgar Neville, y otros representantes de una derecha gamberra que fue tolerada a regañadientes por los prebostes del franquismo. Sus vidas privadas no fueron ejemplo de abstinencia monacal. De puertas afuera apoyaron a Franco, bien por convicción o necesidad; en cambio, en sus casas hicieron de su capa un sayo.   

El humor fue la tabla de salvación para todos ellos. "El humor es verle la trampa a todo", escribe Mihura. Un humor inteligente, siempre en el límite, para no ser descabezado por la censura. Un humor inteligente pero también triste como reflejo del carácter de sus autores. Mihura y Jardiel Poncela este con una obra más amplia dan la razón a quienes sostienen que en todo humorista hay un fondo taciturno y solitario. Parece que Antonio Mingote también fue así.

Miguel Mihura acabó su vida en soledad, en una provincia casi extranjera, alejado de la farándula madrileña. Enrique Jardiel Poncela, enfermo de cáncer, terminó en la miseria, viviendo de la generosidad de Fernán-Gómez, joven actor al que descubrió. Triste final y fatal contradicción para quienes hicieron reír a varias generaciones de lectores y espectadores. 

Al final, la vida, como un subinspector de Hacienda, impone sus condiciones. Y Dionisio, el falso malabarista, acaba casándose con su novia Margarita, la de los doce lunares en la cara. 




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