¡Ay de los vencidos!
Si te haces llamar Louis-Ferdinand Céline, aunque tu nombre real sea Louis Ferdinand Auguste Destouches, por fuerza te has de abrir paso en el incierto camino de las letras. Llegarás alto. Bien distinto es que fueses bautizado como Pedro y el primer apellido de tu padre fuese Maestre. Con estas credenciales pudiste aspirar a ganar el premio Nadal, antes de que se hundiese en el completo desprestigio, y después acabar en el olvido, como así fue.
Céline (1894-1961) sigue siendo un escritor maldito, tantos años después de su muerte. Pertenece a esa larga nómina de autores mal vistos por sus ideas o conductas privadas. Pero sus obras tienen tanto poder que pasan por encima de sus detractores. Que le pregunten a H. P. Lovecraft y a Curzio Malaparte. Hoy como ayer, el escritor se enfrenta a tribunales de corrección política. Se ha de escribir lo que toca, alimentando los prejuicios de los lectores, para ser publicado. Los editores, que viven de un negocio menguante, son reacios a las sorpresas. Con las cosas de comer no se juega.
Sobre Céline pesa el deshonor de haber sido un escritor de simpatías nazis y un colaboracionista con el régimen de Vichy durante la II Guerra Mundial. Al término de la contienda, fue declarado desgracia nacional en su país. Pasó dos años en una cárcel danesa (1945-1947); no se le permitió regresar a Francia hasta 1951. Tuvo mejor suerte que otras escritores colaboracionistas: Drieu La Rochelle se suicidó en 1945 y Robert Brasillach fue ejecutado en el mismo año. De Gaulle no atendió las peticiones de clemencia para indultarlo, entre ellas las de Albert Camus y Jean Cocteau.
Pero ¿quién fue este hombre acusado de feroz antisemitismo por la publicación de libelos como Bagatelles pour un massacre? Su vida dista de ser la de un pequeño burgués. Vivió peligrosamente, a la manera fascista. Hijo de un empleado de una compañía de seguros y de una mujer propietaria de una tienda de bordados, fue enviado, siendo adolescente, a Alemania e Inglaterra para aprender idiomas. Se enroló en el Ejército y participó en la I Guerra Mundial. En una misión a la que se presentó voluntario, fue herido de bala en su brazo derecho, y por tal razón fue condecorado. De aquellas heridas le quedaron secuelas físicas hasta el final de sus días.
Trabajó como dependiente de comercio un tiempo, pero su profesión será la de médico. Fue funcionario de la Sociedad de Naciones. Compaginaba la consulta con la literatura. Su primera novela fue Viaje al fin de la noche (1932), considerado uno de los grandes libros del siglo XX. Después vino Muerte a crédito (1936), también con un trasfondo autobiográfico. Céline es el escritor francés más traducido en el mundo, después de Marcel Proust. Su obra influyó en escritores autores como Henry Miller, William S. Burroughs y Charles Bukowski.
Sin embargo, para mí era más interesante acercarme al literato caído del pedestal, al hombre que huye de París con su tercera mujer, Lucette Destouches (fallecida con 107 años, en 2019) y su gato Bébert, cuando la ciudad ha sido tomada por las fuerzas aliadas. La pequeña familia de Céline escapa de la capital francesa, en septiembre de 1944, junto a más de un millar de colaboracionistas del régimen de Vichy. Los alemanes los alojarán en el castillo de Sigmaringen, que perteneció a la dinastía de los Hohenzollern. Allí residirán hasta abril de 1945, cuando tropas estadounidenses lo tomaron y devolvieron a la mayoría de sus ocupantes a Francia.
En esos meses en que suerte de la guerra está decidida, Céline sabe próximo su final, aunque desconoce cuál será su naturaleza, si la muerte o el presidio. Al final fue la cárcel, donde recuerda el trato humillante recibido por los daneses. La cárcel es la mejor escuela, escribe. Este yonqui de los puntos suspensivos se queja de cómo casi todos han renegado de su obra en Francia."No me encontrarán en las enciclopedias" y "Me reeditarán dentro de mil años", escupe en las páginas de De un castillo a otro.
Céline se defiende de quienes lo acusan de haber vendido los planos de la línea Maginot a los alemanes. Exhibe también su desprecio al "fatuo Tartre", en referencia a Jean Paul Sartre, que llevó una vida plácida bajo la ocupación alemana. Y lamenta, sobre todo, que se hayan apropiado de sus manuscritos abandonados en París. Por suerte, gran parte de esos papeles perdidos vieron recientemente la luz gracias a la publicación de dos libros, Guerra y Londres, editados por Anagrama. El manantial celiano no parece agotarse.
De un castillo a otro, escrito con una prosa desasosegante, como un martillo pilón que taladra las meninges del lector, refleja el caos vivido en aquellos meses. El castillo de Sigmaringen fue una corte de los milagros en los que convivieron el mariscal Pétain, héroe de la I Guerra Mundial; su jefe de Gobierno, Pierre Laval, ministros y generales, en un ambiente de disputas internas. Tiene palabras de elogio para Laval, al que había llamado judío años antes, por impedir que oficiales de las SA los ametrallaran, en respuesta a los gritos de un grupo de refugiados descontentos con los nazis.
Céline se presenta como "un simple mediquillo" que cura a los enfermos como puede, sin apenas medios, y atiende la visita de prebostes del régimen caído, entre ellos Laval, para que les suministre cianuro, ante el avance de las tropas aliadas y rusas. Entretanto, nos deja sus impresiones de Hitler y Goebbels. Para haber sido pronazi no está nada mal. Del cabo austríaco dice que es un "semitodo", "bastardo de César", "hemi-pintor", "crédulo gilipollas macarra, semimarica y metepatas". Al ministro nazi de Propaganda del III Reich lo llama "Quasímodo cruel". Por lo demás, tampoco tenía una buen opinión de De Gaulle ni de Truman, al que califica de "genocida", y con razón.
Uno de los episodios mencionados en la novela es el bombardeo de Dresde, la noche del 14 al 15 de febrero de 1945, por aviones de la RAF. Dresde estaba considerada una ciudad-refugio hasta entonces, entre otras razones por su patrimonio artístico. Fue arrasada. Hubo 200.000 muertos, resultado de aplicar, en palabras de Céline, "la táctica del despachurramiento y freiduría total con fósforo... ¡de preparación americana!... ¡perfecta!, el último newlook antes de la bomba A". Churchill se vengó así de la batalla de Inglaterra. Según acreditados cronistas, el inglés es, junto con Truman, uno de los benefactores de la humanidad en el siglo XX.
Gran conocedor de la Historia Antigua, el novelista francés no se hace ilusiones al final del libro: sabe que no habrá piedad para los vencidos. En la página 292 se puede leer: "...¡son los vencedores los que escriben la Historia!...¡va a quedar preciosa, su Historia!".
Céline acabó sus días ejerciendo de médico para pobres, como Chéjov.



