El sueño americano tenía truco

Todos escondemos un truco. Algunos, los más ladinos, varios. Señal de madurez es descubrir las trampas de tu interlocutor. De sensatos es desarrollar el colmillo retorcido. John Cheever (1912-1982) tuvo especial habilidad para desmontar la tramoya del sueño americano. Estados Unidos, primera potencia y primera gran mentira del mundo. Estados Unidos es el emperador desnudo que queda a la vista, con todas sus vergüenzas, gracias al dedo vacilante de un borracho con ínfulas de patricio. Ese borracho, ese alcohólico brillante e insoportable, fue John Cheever. 

Hace meses leí sus Cuentos y, semanas después, sus Diarios. Ambos libros están publicados en Debolsillo. Cientos de páginas de un escritor sobresaliente. Si a comienzos de esta década me hubiesen preguntado por él, no hubiera sabido responder, o hubiese balbuceado una respuesta incoherente e imprecisa, para salir del paso. ¿John Cheever? ¿Quién es? Hay escritores que se descubren después de un largo trecho, después de caminar por desiertos y navegar por mares bravíos, como premio al viajero incansable. 

Escribiré sobre sus diarios y no sobre sus cuentos, pero que conste que si quien me sigue es un lector cultivado, debe buscar la ocasión para detenerse en la degustación de relatos como Adiós, hermano mío, basado en su hermano Fred, tan alcohólico como él; El marido rural, Simplemente dime quién fue y El nadador, que inspiró una película cuyo protagonista fue Burt Lancaster. Cheever hizo un cameo. Detestaba al actor. También fue novelista, siempre se propuso ser algo más que un autor de cuentos, y como resultado de ese empeño figuran Crónica de los WhapshotEl escándalo de los Wapshot y Falconer. Sus críticos sostienen que no son propiamente novelas sino relatos encadenados.

No divaguemos. Centrémonos en sus diarios. Se publicaron después de su muerte. Son 29 cuadernos de hojas sueltas, más de 4.300 páginas. Abarcan desde finales de los cuarenta hasta principios de los ochenta del siglo pasado. Escribió la última entrada poco antes de morir, el 18 de junio de 1982. Los diarios descubren a un hombre contradictorio, roto a menudo, solitario y ávido de sexo, bebedor, que lleva una doble vida en sus relaciones íntimas. Cheever fue bisexual. Su mujer Mary Winternitz, con la que se casó en 1941 después de conocerse en un ascensor del edificio 545 de la Quinta Avenida, se ganó el cielo. Conoció sus infidelidades con mujeres pero sobre todo con hombres. Después de que su marido muriese como consecuencia de un cáncer, la esposa de Cheever demostró ser una persona sensata al afirmar lo siguiente: "Lo que importa es lo que escribió, no lo que hizo".

Johan Cheever se ganó la vida escribiendo relatos, sobre todo para el semanario The New Yorker. No se le conoce otro oficio. Bendito sea él. Como estudiante fue torpe, y sus profesores le recriminaban sus faltas de ortografía. De adulto era consciente de su poder creador de fábulas. Tuvo a Saul Bellow y a John Updike como amigos, admiró a Norman Mailer y a Philip Roth, y envidió a J. D. Salinger porque recibía un mejor trato en The New Yorker. Su padre fue un vendedor fracasado de zapatos y su madre, una mujer dominante. Esta última nunca se interesó por la obra literaria del hijo, ni siquiera cuando le fue recompensada con algún premio. 

Escribió Cheever y en esto estamos de acuerdo por completo que el arte ordena el caos de nuestras vidas. Su existencia, no cabe duda, estuvo lejos de ser armoniosa. Si lo hubiese sido, tal vez no hubiera necesitado escribir cuentos y estos diarios en calzoncillos, en un sótano. En sus relatos hay gente que viaja en el metro, amantes que fracasan amándose, personas que beben para olvidarse de quiénes fueron, familias que aparentan felicidad en unas vidas de frustración y tedio. Como todo artista que conoce sus tripas, Cheever hablaba de sí mismo. Para él, escritor religioso que cumplía con su deber de asistir a misa cada domingo, la literatura fue una penitencia y, sin embargo, también una escapatoria. La desesperación, a veces, se conjura escribiendo.

Le gustó viajar. Estuvo en la Unión Soviética en tres ocasiones. Pero el país que le cautivó fue Italia. Por esas raras carambolas de la vida, el día en que comencé a leer sus cuentos, vi la película Parthenope, de Paolo Sorrentino. Al principio de la cinta, la protagonista, una mujer bellísima que nos hizo recuperar la ilusión perdida en el sexo fuerte, conoce a Cheever, interpretado por Gary Oldman. Intenta flirtear con él, pero este se escuda en no ser la persona adecuada, dada su condición de homosexual, lo cual es falso porque apuntaba en una doble dirección, como se estila ahora. 

Los diarios de Cheever, que rayan a la altura de los de Kafka y Pavese, descubren a un hombre que duda, desea, traiciona, ama y da palos de ciego. La historia de un corazón, los espasmos de una bragueta. Un artista vulnerable que convierte su fragilidad en la materia de su obra. Alguien que quiso amar y ser amado. 

Hoy ha amanecido un día gris, de una tristeza salpicada de recuerdos y pérdidas. Hacemos nuestra una frase de sus diarios: "Una página de buena prosa es aquella donde uno puede oír la lluvia". 

 







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