Maquiavelo el patriota

La Real Academia Española, en la tercera acepción sobre el adjetivo maquiavélico, escribe: "astuto y engañoso". El término tiene connotaciones negativas en la vida y en la política. Sostener que alguien es maquiavélico es decir que oculta un alma oscura. Nicolas Maquiavelo (1469-1527) ha arrastrado esta mala fama, difundida por aquellos que no han leído su obra, ni siquiera El príncipe, cuya lectura lleva dos tardes bien empleadas. 

De joven leí una biografía del pensador italiano, la he buscado por toda la casa para escribir este artículo, y no la he hallado. De ella recuerdo que Maquiavelo fue torturado cuando cayó en desgracia; fue aficionado a jugar a las damas con sus compinches, mientras charlaban y bebían vino, y zurraba de lo lindo a su mujer, con la que tuvo siete hijos. Vivió en la Florencia del Renacimiento, un periodo turbulento en que su patria siempre estuvo en peligro, a merced de los poderosos que se la disputaban, fuesen el Papa Alejandro VI, los reyes de Francia o Fernando el Católico. 

No cabe entender El príncipe, que he vuelto a leer después de muchos años, en una edición con los comentarios de Napoleón Bonaparte, sin conocer la vida de Maquiavelo. Antes de cumplir los nueve años, asistió al asesinato de Giuliano de Médici, mientras se oficiaba una misa en la catedral de Florencia. Lorenzo el Magnifico, gravemente herido, logró escapar. La conspiración, instigada por el papa Sixto IV, desató una violenta reacción ciudadana contra los cabecillas, que fueron linchados. 

El niño Nicolás interiorizó aquel suceso trágico. Desde entonces fue consciente de que debía poner lo mejor de sí mismo para defender a Florencia de sus enemigos. Sabía que, para sobrevivir, su patria debía tener "buenas leyes" y "buenas armas". Y a tal fin consagró su vida, aunque lamentablemente toda su inteligencia y coraje fracasen en ese intento, como lamentará en los últimos años de su existencia. 

Como aclara al comienzo de El príncipe, en su dedicatoria a Lorenzo el Magnífico, esta obra es el resultado de los conocimientos "sobre las acciones de los grandes hombres, adquiridos a través de una amplia experiencia de las cosas modernas y una repetida lectura de las antiguas". Maquiavelo fue un gran conocedor de los clásicos, a los que veneraba. Se cuenta que por la noche se vestía con sus mejores galas para leerlos, en prueba de respeto a los que consideraba superiores. 



La obra de Maquiavelo es una síntesis de teoría y práctica. Tras la muerte del dominico Savonarola, que impuso una república teocrática en la ciudad, fue nombrado secretario de la segunda cancillería. Durante quince años, hasta el regreso de los Medici, lo que supuso su encarcelamiento, desempeñó misiones diplomáticas en Italia, Francia, Alemania y Suiza. Este cargo lo desempeñó con diligencia, siempre pensando en los intereses de Florencia. 

Esos años de responsabilidades públicas, de trato de personajes como César Borgia, hijo de Alejandro VI, le sirvieron para concebir su concepción del poder, realista y descarnada, sí, pero sustentada en lo vivido. Maquiavelo no tocaba de oídas. En El príncipe describe la política como es y no cómo debería ser, alejada de los planteamientos de los pensadores medievales, partidarios de la supeditación de la política a la religión. Para Maquiavelo, son dos realidades distintas. 

Con el propósito de encontrar a ese hombre providencial que sacase a Florencia del caos, Maquiavelo, retirado en su casa de campo de Albergaccio, escribió El príncipe, su libro más conocido pero no el único, pues también es el autor de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, El arte de la guerra, Historias florentinas y la obra de teatro La mandrágora. Su obra es más extensa de lo que se imagina, pero al autor florentino se le asocia con El príncipe.  

¿Cómo se explica la creencia de que Maquiavelo es el autor de cabecera de los dictadores y tiranos del mundo? La ignorancia sobre el personaje. Para empezar, el pensador nunca dijo la célebre frase de que "el fin justifica los medios". La pereza intelectual justifica una visión simple de un ser complejo. Si en El príncipe aporta argumentos para un poder unipersonal y autoritario, en los Discursos aboga por el poder popular y republicano. ¿Con qué Maquiavelo nos quedamos? La importancia de su obra reside, entre otras razones, en su complejidad. Su grandeza descansa en parte en la ambigüedad.

Maquiavelo no conoció a Max Weber pero, de haber coincidido con él, hubiera estado de acuerdo en la idea sostenida por el sociólogo alemán. La política, vino a decir, es un pacto con el diablo. Dedicarse a la res publica es traicionarse a sí mismo y traicionar a los demás. Aquí entra el 'pérfido' Maquiavelo, cuando recuerda que el príncipe debe "no separarse del bien, si puede, pero saber entrar en el mal, si es necesario". 


El príncipe refleja el pesimismo antropológico de Maquiavelo. Tiene un pésimo concepto de los hombres, "malvados" y torpes, pues "juzgan más por los ojos que por las manos". El gobernante debe tener en cuenta los límites y las debilidades de la naturaleza humana, y no dudar en faltar a la palabra dada, fingiendo y disimulando, porque los hombres, que son "tan ingenuos", lo creerán. 

Es conocida su idea de que el político debe ser "un zorro para conocer las trampas" y "un león para amedrentar a los lobos". Entre ser amado o temido, si ha de escoger, el príncipe deberá elegir lo segundo. Maquiavelo advierte al gobernante sobre el error que nunca debe cometer: ganarse el desprecio y el odio de sus súbditos. El desprecio por parecer pusilánime, indeciso o afeminado, y el odio "cuando roba y usurpa los bienes y las mujeres de sus súbditos". 

El príncipe acaba con un capítulo que revela la intención del autor. Llama a liberar Italia de los "bárbaros", a la espera de "quién será el que cure sus ideas". Ese deseo tardará en hacerse realidad. La unidad italiana habrá de esperar al siglo XIX, de la mano de Garibaldi y Cavour. 

En un viaje a Italia, al final del siglo pasado, visité Florencia y entré en la iglesia de Santa Croce. Allí está enterrado Nicolas Maquiavelo, junto con Miguel Ángel, Galileo Galilei y Dante. Qué insignificante me sentí en compañía de esos gigantes. Hay grabado un epitafio en su tumba: "Tanto nomini nullum par elogium Nicolaus Machiavelli (Ningún elogio puede equipararse al nombre de Nicolás Maquiavelo)".

Así honra Italia a uno de sus grandes, cuya obra nace del patriotismo, del amor al latido de la patria, un sentimiento hoy cuestionado del que muy rara vez dan prueba los gobernantes de este tiempo.  




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