La tierna indiferencia del mundo

 A la memoria de mi padre

El primer libro que ha caído en mis manos tras la muerte de mi padre ha sido El extranjero, de Albert Camus. En puridad no se trata de una lectura, sino de una relectura. El ejemplar lo compré en la librería Sanchos Ochoa de Logroño, en noviembre de 1993, recién llegado a la ciudad. He releído la novela de Camus después de ver la película de François Ozon, que sigue al pie de la letra la historia protagonizada por Meursault, un joven que vive en la Argelia de los años treinta, cuando era colonia francesa. 

Esta novela, publicada en 1942, dio a conocer a Albert Camus (1913-1960) en el mundo de las letras de su país. Nacido en Argelia y con raíces españoles por parte de madre, Camus es de esos escritores con duende, portador de un carisma que lo hace atractivo a sucesivas generaciones. Novelista, ensayista, autor teatral y ensayista, el autor de La peste sigue despertando el interés de nuevos lectores. El tiempo le ha dado la razón en su pulso con el otro titán del existencialismo, Jean-Paul Sartre. Camus se opuso al estalinismo mientras que Sartre lo justificó. Mientras el primero combatía a los nazis con sus escritos, el segundo vivía una existencia plácida en el París ocupado, como Picasso. 

Camus, un hombre que dudaba y se hacía las preguntas oportunas, fue enemigo de los totalitarismos. La justicia no se podía alcanzar a costa de la libertad ni la dignidad de las personas. El paraíso, fuese cual fuese, el de Dios o el del Marx, no podía levantarse sobre una montaña de cadáveres. En El hombre rebelde, en el que disecciona el nihilismo contemporáneo, origen de las barbaries del siglo XX, comienza escribiendo: "¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no". 

Camus dijo no a las ideologías criminales, a las verdades absolutas que, llevadas a la práctica, ahogan en sangre a los pueblos, desde la Revolución francesa hasta Stalin. Pocos escritores pueden reclamar el calificativo de héroes de su tiempo como él, por su compromiso ético con los que sufren la historia, sin caer en el recurso fácil de las consignas, y elevando la literatura a una calidad difícil de igualar. Recibió el Premio Nobel en 1957. Falleció tres años después, en un accidente de tráfico, en el que conducía su amigo y agente literario, Michel Gallimard, que también resultó muerto. 

Camus debió de ser un hombre compasivo con sus semejantes. Tuvo que pensar que nuestro margen de maniobra es limitado en la vida. La libertad, entendida como un absoluto, es una quimera. Casi todo nos viene impuesto de fuera. Meursault, el protagonista de El extranjero, se deja llevar por la luz de los días, insensible a todo lo que le rodea. Nada parece importarte demasiado; ni la muerte de su madre en un asilo, ni su trabajo como oficinista, ni el amor de Marie Cardona, ni el destino trágico que le aguarda. Como Bartleby, el personaje de Melville, prefería no hacerlo. "No sé", "no sé", cuántas veces puede leerse esta breve frase en la novela, como reflejo del desapego del protagonista hacia el mundo. 

Mersault es un hombre sin ideas ni creencias. Fuma mucho, le hace el amor a Marie, va al cine, se baña en la playa, come en el restaurante de Celeste, cumple con su trabajo, aguanta a su vecino Raimundo Sintès, en fin, no es mala gente, pero renuncia a implicarse en lo que hace, porque piensa que nada merece la pena, que la vida, como dijo el otro, es una pasión inútil. Ni siquiera la cercanía de la muerte decidida por un jurado le hace abrazar a Dios, en su diálogo final con el capellán. A "la tierna indiferencia del mundo" responde con otro cigarrillo y buscando el último rayo del sol en una playa de Argel.

Mersault pagará caro el ser un inadaptado. Todo aquel que no le ríe las gracias al poder, que se niega a abdicar de sus convicciones, y se salta las normas e ignora los tabúes de la sociedad, acaba siendo un extranjero a ojos de la mayoría. El mismo Camus sufrió la ira de izquierda comunista en los años cincuenta. Pero esta condición de extranjero, este estado de no ser nunca del sitio en donde vives y trabajas, es el pasaporte de la buena literatura. Las mejores historias se cuentan desde la periferia, cuando no se tiene nada que perder. 







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