Librerías para pisar lo justo
Esta tarde debería haber ido a la presentación del último libro de Megan Maxwell, Nuestro largo adiós, en FNAC. El calor africano de Valencia me lo ha impedido. El acto era a a las seis, y vivo en un pueblo abandonado. Megan se llama en realidad María del Carmen Rodríguez del Alamo. Se entiende que la escritora haya obviado el nombre de su DNI para hacer carrera literaria. También le pasó a Azorín, que firmó sus primeros libros como José Martínez Ruiz. Con estos nombres no se puede llegar muy lejos en el proceloso mundo de las letras.
He leído que Megan Maxwell ha publicado más de 60 novelas (su producción es casi tan prolífica como la del bucanero cartagenero Pérez-Reverte) y ha atrapado a diez millones de lectores. ¡Diez millones, la quinta parte de la población española! Es la reina de la novela romántica con unas gotitas de porno. A mí me encantan sus títulos, especialmente Tampoco pido tanto y ¿A qué estás esperando?. En cambio, Nuestro largo adiós suena a homenaje a un clásico de Raymond Chandler, autor que no debe de figurar entre las preferencias de los lectores de nuestra escritora.
Yo no he renunciado a leerla, pero ahora empleo mi tiempo entre los diarios de John Cheever (Debolsillo) y Los crímenes del Retiro de mi amigo Pedro Herrasti (Salamandra). En cuanto tenga un rato libre este verano, entre los tintos de horchata y los abanicos cordobeses, aceptaré el reto de introducirme en la literatura caliente de la señora Maxwell.
Nuestro largo adiós no puede faltar en cualquier librería que se precie. Matizo: en cualquier librería al uso, de las que han renunciado a ofrecer algo distinto a un lector ahíto de libros insípidos, semejantes unos de otros, cuya publicación ha sido decidida por un ejecutivo que se limitó a hojear a Dale Carnegie. Hablamos de literatura portátil, para hacer fuego en la noche de San Juan.
Sé de lo que hablo. Dediqué dos días a recorrer tres librerías -o, para ser precisos, establecimientos que venden libros- en el centro de Valencia: FNAC, Casa del Libro y El Corte Inglés. Son la comida rápida -o basura- del mundo editorial. Para alimentarte puedes ir a McDonald's o al Callejón del Gato. La Casa del Libro es McDonald's, mientras que Soriano es el Callejón del Gato.
En FNAC ofrecen descuentos de hasta un 15% en tecnología y gaming (¿qué demonios es esto?). Para llegar a la sección de libros, situada en la primera planta, habrás de sortear pantallas, patinetes eléctricos, televisiones de muchas pulgadas, aspiradoras, cafeteras, etc. Subo por una escalera mecánica y me encuentro con que han cambiado la distribución de las secciones. Prevalece la literatura infantil y juvenil, como en El Corte Inglés, que ocupa un tercio de la superficie. Quizá los libros sean lo de menos para FNAC. La vista se te va a los coches, muñecos, Playmobil, juguetes y cepillos.
En el capítulo de novedades mandan las chicas, algunas son malas, muy malas como Maruja Torres. Por cada libro publicado por un varón hay cinco de féminas. Es el desquite de la historia. Resignémonos. El público lector es mayoritariamente femenino. El mercado manda. Allá va lista de las mujeres escritoras que mueven el cotarro de las letras hispánicas: Elia Barceló, Reyes Monforte, María Dueñas, Vanessa Monfort, la acartonada Rosa Montero, Nativel Preciado -de la que desconocíamos que aún viviese-, Elisabet Benavent, Jojo Moyes, Paloma Sánchez Garnica, Dolores Redondo, Eva García Sáenz de Urturi y, lo que me pone los pelos de punta, Silvia Intxaurrondo. La periodista maléfica de TVE -es el Emilio Romero del sanchismo con mechas rubias- va por la quinta edición de su novela Solas en el silencio. Han trascendido ciertas dudas sobre la autoría de tal libro.
Junto a la literatura hecha por y para mujeres, estas librerías prescindibles ofrecen otros productos que se hacen pasar por libros. En FNAC, como en la Casa del Libro y en los conocidos grandes almacenes, apuestan por la novela histórica, policíaca y de terror, y romántica con uno o dos rombos. Esto quedó ya dicho. En el apartado histórico llaman la atención casos como el de Marcos Chicot, finalista del Planeta, que se dio a conocer con El asesinato de Pitágoras. Luego vinieron El asesinato de Sócrates, El asesinato de Platón y El asesinato de Aristóteles. Todos aguardamos, con impaciencia, su nueva entrega, El asesinato de Séneca.
La novela histórica, en la que Isabel San Sebastián desempeña un jugoso y no suficientemente estudiado papel, comparte liderazgo con la novela negra. Si tu apellido tiene una diéresis o eres sueco, tienes la mitad del trabajo hecho. Que se lo pregunten a Camila Läckber y a Joël Dicker. En España tenemos a Juan Gómez-Jurado (que al menos tiene apellido compuesto) y Lorenzo Silva, un novelista que no da ni frío ni calor.
No quería olvidarme de cómo los campos de concentración han inspirado a tantos y tantos escritores. Dejando a un lado El diario de Ana Frank, cuyo valor es histórico, testimonial, no literario de ningún modo, el visitante de FNAC y La Casa del Libro encontrará expositores reservados a novelas que tienen la palabra Auschwitz en el título de una novela. Varios ejemplos: La enfermera de Auschwitz, El profesor de Auschwitz, La huérfana de Auschwitz... Es obsceno el uso que algunas editoriales hacen del genocidio nazi en ese campo de concentración polaco. ¿Para cuándo El callista de Auschwitz?
El nazismo vende. Para confirmar esta verdad basta pasearse por la sección de historia de FNAC y La Casa del Libro. También vende el malvado de Franco. No faltan biografías como la de Julián Casanova que ponen a parir al general. Sobresalen los ensayos que cantan las supuestas bondades de la República, de las maravillosas Trece Rosas, de Manuel Azaña, figuras todas ellas de ese cuento pensado para dormir a adultos que se irán al infierno con la conciencia intacta.
La modernidad está representada por Irene y Pablo, la pareja montada en el rublo; por el luciferino Zapatero y su libro La solución pacífica -al que puse del revés-, el decente José Mújica, la liberal Esperanza Aguirre y otros de cuyo nombre no quiero acordarme.
Sería imperdonable, antes de despedirme, que no mencionase los libros de autoayuda. ¿Quién no lo has necesitado alguna vez en su vida? Un ansiolítico y unas páginas de Albert Espinosa antes de dormir. No me he podido desprender de la contundencia de títulos como No te creas todo lo que piensas y Tu miedo es mi poder. Compañeros de los libros de autoayuda son las guías para comer sano. Una especialista, Boticaria García, ha publicado Tu carácter tiene hambre, y se está vendiendo tanto como las rosquillas de Lidl.
Por lo demás, las librerías estandarizadas siempre demuestran cariño por los autores del Régimen, aunque lo mejor de sus obras pertenezca al pasado. Javier Cercas, el tristón de Muñoz Molina, Juan José Millás y el viudo Luis García Montero cuelan sus novedades. Pero venden menos que Barbara Rey con su biografía.
A veces, por un descuido, estas librerías comercializan algo de valor como las novelas de David Foster Wallace, quizá por el prestigio que todo suicida atesora; las de Jane Austen, de la que se cumplen 250 años de su nacimiento, y los cuentos de Roald Dahl. Son oasis en un desierto de desoladora mediocridad. No se os ocurra preguntar por Ramón Gómez de la Serna, Benjamín Jarnés o Rafael Cansinos Assens. No están ni se les espera.
El Corte Inglés, siempre a la vanguardia, se ha adelantado a sus competidores. En el centro de Colón, donde había una librería, ahora tiene un club de gourmet, con una selecta selección de vinos y cervezas, quesos, pastas y dulces, entre otros manjares. El Corte Inglés marca el camino. España es un país de glotones y beodos, donde un libro era una amenaza y hoy una pérdida de tiempo para la mayoría.


