Cómo me hice escritor, por César Aira
En mis visitas a las librerías encuentro manuales de escritura creativa. Sus autores vienen a decirte que si los lees con aprovechamiento llegarás a dominar el arte de la narración o de la poesía. También proliferan los talleres con idéntico propósito. No hago caso ni de lo uno ni de lo otro. Aprendo de los errores cometidos en mis textos, y sobre todo de las experiencias de escritores a los que admiro, aunque no me haga ilusiones, porque en la literatura, como en la vida, estamos solos. Cada cual ha de recorrer su camino. Escribir es un oficio de tinieblas, para solitarios que a veces aciertan dando palos de ciego.
Uno de esos solitarios es César Aira (1949), escritor argentino de culto. Su extensa obra es sólo conocida por una minoría, dentro de la minoría que aún se interesa por la literatura. Hace años leí su novela Cómo me hice monja, y recientemente La ola que lee, una colección de artículos y reseñas publicadas entre 1981 y 2010.
Por las páginas de este libro pasan, entre otros autores, Jorge Luis Borges, Marcel Proust, Franz Kafka, Marcel Duchamp, Severo Sarduy, Juan José Saer, Robert Arlt, Manuel Puig y Gabriel García Márquez, del que dice que es "un buen periodista, hombre ingenuo y sincero, laborioso, aunque modesto, artesano del relato". No parece que apreciase en exceso la obra del colombiano, ni la del "pomposo astro" Carlos Fuentes. En sus 329 páginas no cita ni un solo autor español. Llamativo.
Orientado por sus filias y sus fobias -como debe ser, pues cuánto debemos a unas y a otras-, Aira manifiesta su admiración por la literatura brasileña, elogia a Saer y Puig y denigra las novelas policiacas y la literatura infantil. En su rechazo a esta última coincide con Borges. También confiesa que no lee a sus contemporáneos. "Una desgana invencible, mezcla de desconfianza y desinterés, me paraliza frente a las novedades", dice. Como yo, más o menos.
En varios de sus reseñas habla de su ars narrativa y, en particular, de su concepción sobre la literatura. Para él, la literatura "no es obligatoria", es un lujo o una perversión de algunos, según se mire. "Podemos prescindir de ella y llevar una vida útil y feliz", escribe. Cinco años después de la primera edición de este libro, el funcionamiento de un mundo ajeno a cualquier señal de belleza avala su afirmación.
A juicio del autor de El mago, el club de los buenos escritores tiene una puerta muy estrecha, por la que caben muy pocos. La técnica de escribir exige una larga paciencia, como me decía mi amigo y colega José Julio Perlado, lector generoso de mis primeros relatos. Dominar el arte de contar historias supone "hacer un largo camino de estudio, lectura, reflexión", explica César Aira. Y añade: "A mí me llevó casi veinte años de escribir todos los días, sin hacer casi otra cosa, como una gimnasia ciega. Si había que elegir entre escribir y vivir, yo elegía escribir".
La escritura o la vida, eterna dilema de quien se enfrenta a unas cuartillas en blanco. ¿Por qué y para qué escribir cuando tu número de lectores es reducido, como es mi caso? Cuando se hace esa pregunta César Aira, escritor y traductor reconocido, se contesta de la siguiente manera: "Diría que escribí por descarte". Páginas antes había apuntado otros motivos. Empezó a escribir "por imitación, o esnobismo, o ambición, o compensación".
Yo diría que se escribe por varias razones, cada escritor tiene la suya, y una de ellas es como refugio de los dardos de la existencia. La literatura es el puerto seguro adonde arribar, tanto si eres lector como escritor. Allí estás a salvo. No hay peligros a la vista. Pero, pasado un tiempo, sientes la tentación de volver a navegar, de regresar a la vida, para contar lo vivido. La doble función del escritor, dice Aira, es dejar testimonio de su vida y, a su vez, hacer de esa vida y de su obra un mito.
Por esa razón, escribir es vivir dos veces, según el autor de La ola que lee. Desde ese punto de vista, el dilema entre la escritura o la vida sería falso porque caminan de la mano, a la vista de las obras de muchos novelistas y poetas. El buen escritor sabe dar con las fórmulas "de organización del mundo de la experiencia", en palabras del escritor argentino.
En este taller de literatura improvisado que nos ofrece Aira, el lector puede extraer otras lecciones, como la de que si uno hace las cosas bien, "todo puede terminarse demasiado pronto". La mejor manera de redimirse de un mal texto es hacerlo mejor la siguiente vez. "He llegado a no corregir nada, a dejar todo tal como sale, a la completa improvisación definitiva", comenta.
Hay también peligros para el autor importante, como la de "transformarse en un funcionario de sentido común", como le pasó a García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, según Aira. Y, entre otras lecciones, acabaría con lo que él llama "la sed de abandono del escritor". En una ocupación como la de escribir, que exige tiempo y sacrificio a cambio de escaso o nulo reconocimiento, lo fácil es abandonar y seguir la corriente vulgar de la vida, como hace la mayoría plebeya. Quedan dos opciones, por tanto: rechazar la manzana podrida de Eva y seguir tu camino de escritor, ignorados los cantos de sirena, o sucumbir a ella, comprar cervezas en el supermercado y ver La isla de las tentaciones.
Oscar Wilde hubiera elegido ver La isla de las tentaciones para luego contarlo, entre risas y cotilleos, a jóvenes aristócratas, cínicos, rubios y un poco lánguidos, en un club londinense, suscrito a The Times.

