Acojamos el tiempo que nos busca
En todo escaparate de toda librería española hay expuesto al menos un libro de Stefan Zweig. Es un autor a prueba de bombas. Un seguro de vida para pagar nóminas en el sector editorial. Pero no siempre fue así. La obra del escritor austríaco, en los años setenta, ochenta y noventa del lejano siglo pasado, pasaba desapercibida para los lectores. Era raro leerlo en la editorial Juventud, propietaria de sus biografías y novelas. Con el nuevo siglo, por esas razones azarosas del destino, Stefan Zweig volvió a leerse, y de qué manera. Salvando las distancias, es nuestro Chaves Nogales. Un escritor que milita en la zona templada del espíritu, en palabras de don Manuel Azaña.
Nunca me arrepentiré de haber comprado El mundo de ayer (aproximadamente 15 euros), de Stefan Zweig. Después de leerlo, y sin ostentar ninguna cátedra de Literatura y su suculento salario, puedo afirmar que este libro es un clásico del siglo XX. No me equivoco. Son las memorias de un europeo que cuenta cómo se derrumba el mundo de su infancia y juventud como antesala a dos guerras mundiales. Como afirma en sus páginas, es más difícil reflejar la atmósfera espiritual de una época que reproducir sus hechos. Ese es el mayor mérito de Zweig: conseguir que el lector recree la Viena de principios del siglo XX, una ciudad contaminada de cultura y arte en el que la palabra conservaba su valor. Todos creían en el valor del progreso más que en la Biblia. Las autoridades aún mantenían su prestigio en el Imperio austrohúngaro. Se vivía con ligereza. Se viajaba sin pasaporte. Y los estados respetaban las libertades individuales.
Aquello acabó, como es sabido. Un cabo, también austríaco, puso el mundo patas arriba. Pero antes de que eso sucediese, antes de que "el mundo de nuestros padres, el mundo de la seguridad", según narra Stefan Zweig, saltase por los aires, nuestro protagonista rememora cómo era la vida en el Imperio austrohúngaro de Francisco José. Los judíos como él, nacido en la familia de un industrial, desempeñaron un papel clave, no sólo en el desarrollo del comercio sino en la promoción cultural y artística. Era su forma de legitimación hacia el stablisment.
Zweig relata ser víctima de "un frío aparato de enseñanza" cuando estudia en un "odioso" instituto. Se refiere a la doble moral sobre la sexualidad. Hace constar que la prostitución vive una formidable expansión antes de la I Guerra Mundial. Decide matricularse en los estudios de Filosofía, no por vocación, sino porque le permitían tener tiempo libre para escribir. Su primer libro fue de poemas, a la edad de 19 años. Tardará seis años en volver a publicar el siguiente. Es importante reseñar el consejo que regala Zweig a los futuros escritores; hay que vivir, hay que leer, hay que interiorizar lo leído y lo vivido, antes de ponerse a escribir. No hay que ser impaciente, como recordaba mi admirado José Julio Perlado, mi profesor y mi amigo. Zweig defiende que la literatura es un proceso de condensación: escribir es suprimir.
El escritor austríaco, por vocación y por las circunstancias, fue un cosmopolita. Hoy lo llamaríamos europeísta. Creía en la paz de los pueblos europeos. Defendía lo supranacional por encima de lo nacional. Abominaba de los nacionalismos que llevaron al continente a la I Guerra Mundial. Era individualista, en el mejor sentido del termino, y pagó cara la factura de ser independiente. Entró en contacto con los grandes de su tiempo y de todos ellos deja semblanzas: André Gide, Maxim Gorki, James Joyce, Rodin, W. B, Yeats, Richard Strauss -con el que compuso la ópera La mujer silenciosa, que al final prohibieron los nazis-, Sigmund Freud, Benedetto Croce...
A los habitantes desorientados del año 2026 nos vendría bien leer estas páginas. En el verano de 1914, vísperas del asesinato del archiduque Francisco Fernando, nadie podía presagiar lo que iba a suceder. Todo era deleite y ostentación. Cuando estalló la I Guerra Mundial, la población se dejó llevar por un entusiasmo patriótico del que el raro Stefan Zweig no participó. Las madres despedían, entusiasmadas, a sus hijos en las estaciones, antes de que los trenes partiesen al matadero. "Para Navidad estaremos de vuelta en casa", decían los reclutas. No fue así. La Gran Guerra duró cuatro años y se cobró la vida de decenas de millones de personas.
El autor de El mundo de ayer fue de los primeros en predecir el "orden nuevo" que se avecinaba tras el tratado de Versalles. En la plaza de San Marcos de Venecia contempló el desfile marcial de escuadristas del fascio italiano. A Mussolini, gran lector de sus libros, le agradecería haber intervenido para rebajar y, posteriormente, indultar a un amigo por el que solicitó clemencia. Por Hitler sólo demuestra desprecio y horror. Entre las tiranías también hay grados.
Los libros de Stefan Zweig fueron prohibidos cuando el cabo austríaco accedió al poder en enero de 1933. Él, que lo había sido todo, acabó en nada. Huyó a Inglaterra, donde sus libros habían tenido menor eco. En este país permanecerá entre 1934 y 1940. La anexión de Austria por Alemania, que ocurrirá en marzo de 1938, le obliga abandonar su casa de Salzburgo. Cuando muere su madre, que vive en Viena, siente alivio por ella porque no verá la catástrofe posterior.
En Inglaterra Stefan Zweig, al que se le niega su nacionalidad austríaca, deberá solicitar un pasaporte de apátrida. Pero lo peor está por llegar. El 1 de septiembre de 1939, cuando las tropas alemanas invaden Polonia, se encuentra en el registro civil de Bath para inscribir el matrimonio con su segunda mujer. Son las once del mañana. Cuando se va a proceder a la firma, un funcionario irrumpe en la sala diciendo que los alemanes han entrado en Polonia, En ese momento queda paralizada la inscripción del matrimonio. Zweig ha pasado de ser extranjero a enemigo extranjero. Un austríaco es lo mismo que un alemán, en opinión de los ingleses.
Aquí acaba El mundo de ayer, con un bello párrafo final en el que resume lo que es la vida, una mezcla de sombras y luces, de claridades y oscuridades, de guerra y paz. Un lío de cojones.
Stefan Zweig, acompañado de su mujer Lotte, viajaría a Brasil. Allí, en la ciudad Petrópolis, dando por hecho que Hitler dominará el mundo, ambos se suicidan el 22 de febrero 1942, errando el tiro.
El autor austríaco no era del todo desconocido para mí. Hace muchos años, cuando comencé a afeitarme el bozo, leí su biografía Fouché (hay que leer también las de María Antonieta, María Estuardo y Magallanes); después su novela corta Carta a una desconocida y Momentos estelares de la humanidad. Su producción, de tan prolífica, requiere de meses completos de dedicación.
Me gustó la frase inicial de El mundo de ayer. Está extraída de Cimbelino, una comedia tardía de William Shakespeare. "Acojamos el tiempo que nos busca". En efecto, de nada vale esconderse a lo que el destino nos depara; hay que tener lo que hay que tener para disfrutar de las alegrías y aliviar las muchas calamidades que nos traerán los años.
Al leer a Zweig, he sentido su misma nostalgía, también su zozobra, cuando el escritor pisa en falso, sobre un tiempo que ya no es el suyo. Nos lo han robado. Ubi sunt? Soy también un extranjero, un renegado forastero, en este periodo de sombras que no es el mío. No reconozco el lenguaje en el que se me habla, he extraviado los códigos, desconfío de mis semejantes, todo se asemeja a una corte de fantoches. Y de ahí nace la literatura, de ese impulso de venganza contra quienes nos lo quitaron todo.


