Ceremonia por una Melilla amenazada
Visitar Melilla era un deseo acariciado desde hacía tiempo. La invasión de Ceuta me convenció de que era el momento de hacerlo. Al viajar a la ciudad quería mostrar mi solidaridad con unos compatriotas igual de amenazados por el expansionismo marroquí. Lo malo de ir a Melilla es que sólo se puede llegar por barco -seis horas de trayecto desde Málaga- o por avión. Elegí la segunda opción aun a sabiendas de que era el mal menor. Como hacía muchos años que no volaba, ignoraba que los pasajeros son tratados como reses que deben permanecer calladas cuando un vigilante les abre las maletas y les sustrae un bote de protección solar, como fue mi caso, o les cachean como si fuesen peligrosos terroristas. Tanto el vuelo de ida como el de vuelto sufrió retrasos. Pero esto, a fin de cuentas, es anecdótico. Lo importante es que llegué a Melilla, vi y vencí a mi manera. Viajé acompañado por un libro del melillense Fernando Arrabal. De difícil clasificación, pues sería complejo definir su género...