Ceremonia por una Melilla amenazada
Visitar Melilla era un deseo acariciado desde hacía tiempo. La invasión de Ceuta me convenció de que era el momento de hacerlo. Al viajar a la ciudad quería mostrar mi solidaridad con unos compatriotas igual de amenazados por el expansionismo marroquí. Lo malo de ir a Melilla es que sólo se puede llegar por barco -seis horas de trayecto desde Málaga- o por avión. Elegí la segunda opción aun a sabiendas de que era el mal menor. Como hacía muchos años que no volaba, ignoraba que los pasajeros son tratados como reses que deben permanecer calladas cuando un vigilante les abre las maletas y les sustrae un bote de protección solar, como fue mi caso, o les cachean como si fuesen peligrosos terroristas. Tanto el vuelo de ida como el de vuelto sufrió retrasos.
Pero esto, a fin de cuentas, es anecdótico. Lo importante es que llegué a Melilla, vi y vencí a mi manera. Viajé acompañado por un libro del melillense Fernando Arrabal. De difícil clasificación, pues sería complejo definir su género literario -entre la crónica histórica y la novela epistolar-, Ceremonia por un teniente abandonado tiene como protagonista a Fernando Ruizbal, padre del dramaturgo, militar de profesión que 17 de julio de 1936 se niega a sumarse a la insurrección contra la República. Primero lo condenaron a muerte y después a reclusión perpetua. A finales de 1941 o 1942 se fugó de la prisión de Burgos, y nunca más se supo de él.
Fernando Arrabal da nombre al teatro de la ciudad. En la misma calle, los melillenses levantaron un busto en homenaje al autor de Cementerio de automóviles. Cuando fotografiaba el cabezón de Arrabal, se me acercó un hombre tambaleándose, bebido por completo. "Este no estaba bien de la cabeza", me dijo haciendo girar uno de sus dedos índices sobre sus sienes. Recordaba como yo aquella memorable actuación en la televisión pública, en la que un Fernando Arrabal, también borracho como una cuba, amenazaba al público: "¡El milenarismo va a llegar, el milenarismo va a llegar".
El director de aquel programa fue Fernando Sánchez-Dragó. Arrabal y Dragó, además del oficio de escritor, tuvieron en común la herida melillense. La metáfora está justificada. El padre de Dragó, Fernando Sánchez Monreal, periodista y director de la agencia Febus, se desplazó de Madrid a Melilla para informar de la rebelión militar. Pese a ser un hombre de orden, fue ejecutado. Dragó lo cuenta en la novela Muertes paralelas, en la que su padre comparte protagonismo con José Antonio Primo de Rivera, que tuvo el mismo destino.
Yo he paseado por las mismas calles que recorrieron los militares golpistas el 17 de julio. Me he detenido frente al imponente Casino Militar, hoy cerrado y abandonado, en el que se reunieron por la mañana para ultimar los preparativos. Un chivatazo precipitó el levantamiento. El Casino está en la plaza de España, al lado del edificio de la Asamblea de Melilla, donde ya había sido colgada la bandera de Ceuta. El segundo de mi estancia se convocó una concentración en apoyo a sus hermanos ceutíes.
Cuando llegas a Ceuta y comienzas a recorrerla, lo primero que salta a la vista es la presencia militar, no porque se puedan ver algunos soldados vestidos de caqui -cosa impensable en otras ciudades del país-, sino por el número de cuarteles y el callejero que recuerda a generales y batallas. Polavieja, Álvaro de Bazán, Ejército español, Macías, Marina Española... No he visto una ciudad que desee seguir siendo española con tanto ardor como Melilla (con Ceuta sucede lo mismo). La bandera nacional está presente allá donde quiera que vayas, colgada en los balcones, en los centros educativos, en los estancos como antaño, pintada en los bancos donde te sientas para descansar del calor húmedo...
Un militar Pedro de Estopiñán tocó tierra en Melilla el 17 de septiembre de 1497. A Melilla los fenicios y los romanos la conocían por el nombre de Rusadir. Se alzaba entre los reinos de Fez y de Tremecén. Desde entonces está en manos españolas. He paseado en soledad por lo que pudo ser el origen de aquel enclave, los cuatro recintos que componen la bella Melilla la Vieja, rodeada de murallas para defenderse de posibles ataques. En realidad, Melilla la Vieja es un gran fortín militar al que se accede por la plaza de las Culturas, donde puede comerse y cenar en bares de tapas. De Melilla la Vieja fue retirada la última estatua de Franco, quien, siendo comandante, impidió la toma de la ciudad por los musulmanes.
Pero Melilla es mucho más que una plaza de indudable peso militar y estratégico. Conviene apuntar este nombre: Enrique Nieto y Nieto. Este arquitecto barcelonés llegó a Melilla a los veinte años recién cumplidos tras haber colaborado con Gaudí en la construcción de la Pedrera. Llevo el modernismo al norte de África, en las dos primeras décadas del siglo XX. Hoy se dice que Melilla, la segunda ciudad española con más patrimonio modernista tras Barcelona, cuenta con 500 edificios de este estilo arquitectónico.
El denominado Triangulo de Oro, en el centro de la ciudad, concentra 27 edificios que recuerdan la presencia mediterránea en África. Si vais a Melilla no dejéis de contemplar las Casas Tortosa, Melul y Tortosa, y los edificios El Telegrama del Rif, Antonio Baena y el antiguo Banco de España. Al comienzo de la calle una escultura recuerda a Enrique Nieto y Nieto, el melillense más ilustre junto con Arrabal y el ex seleccionador de baloncesto, Imbroda.
Como sucede en las Canarias, el tempo, la velocidad en el vivir, es más lenta en Melilla. Sus vecinos aún practican el arte de la conversación en terrazas como la del café La Selecta. Allí el camarero Antonio me llamaba "jefe" cada mañana que iba a desayunar. Cristianos y musulmanes mezclados por igual. Los segundos suelen tomar té en vasos largos. Son, evidentemente, bilingües. Es frecuente escucharlos alternar el español y el árabe en una conversación. Apenas se ven mujeres musulmanas sentadas en las terrazas, salvo si son cuidadoras de ancianas. Las veías hablando, sentadas en los bancos de un gran parque, a última hora de la tarde, cuando el sol ya no hería. Casi todas llevan velo y cuidaban de una prole.
En cuatro días de viaje, no pude concluir si en Melilla cristianos y musulmanes -también algunos judíos e hindúes- viven en convivencia, o si lo suyo es coexistencia pacífica. En todo caso, tuve ojos para ver que su población es más heterogénea que en la Península. En todos los sitios, pero sobre todo en ciudades como Melilla, los políticos deben ser pintores de pincel fino, y no de brocha gorda, para aunar voluntades distintas.
Probablemente, el peso de las poblaciones sea similar, aunque el empuje demográfico de los árabes los convertirá pronto en mayoría. A medida que te adentras en los barrios, son más numerosos. Musulmanes fueron los dos taxistas que me llevaron, el conductor del autobús de la línea 2 que me orientó sobre cómo llegar al aeropuerto, muchos camareros, los vendedores del mercadillo en la plaza Rafael Fernández de Castro, etc. En cambio, apenas hay como dependientes en los comercios en la avenida Juan Carlos I, la principal arteria comercial de la ciudad.
Lo dije antes: una de las razones por las que fui a Melilla fue la invasión de Ceuta. Son las dos caras de una misma moneda. Si cae una, caerá la otra. Comparten el mismo enemigo. Pero los melillenses, a diferencia de los ceutíes, han podido disfrutar del verano. Las playas estaban llenas de bañistas. Cada tarde, el paseo marítimo era una serpiente humana. Unos corrían, otros caminaban, había quienes pegaban la hebra en un banco. Se respiraba tranquilidad, aunque la procesión fuese por dentro. Hablé con tres personas para saber si sentían amenazados por Marruecos: con el recepcionista del hotel, con el quiosquero que me vendió El Faro de Melilla y con Antonio el camarero. Ninguno expresó un temor inmediato a ser invadidos, aunque ninguno baja la guardia. El perímetro de la ciudad dificulta la llegada nado de miles de invasores. Ayuda también que la población rifeña de la zona sea enemiga de Mohamed VI.
En circunstancias tan dramáticas como las que vivimos, uno no podía marcharse de Melilla sin visitar la frontera. Dicen que preguntando se va a Roma, y eso es lo que hice para llegar a la frontera con Marruecos. La presencia de policías y guardias civiles aumentaba a medida que me acercaba a mi destino. La avenida General Astilleros, copada de bazares, peluquerías y tiendas de autoservicio en manos de musulmanes, es un anticipo de Marruecos. Al llegar observo que hay dos entradas: una para coches y otra para viandantes que pasan a la ciudad de Beni-Enzar. La primera presentaba más actividad que la segunda. Pero me quedaba por ver lo más importante: la valla de varios kilómetros -en realidad una alambrada- que separa España de Marruecos, África de Europa. La carretera que la rodea apenas registraba tráfico. Al otro lado se levanta un momento en el que dicen que miles de subsaharianos esperan su oportunidad para entrar en territorio español.
Llegó el último día de estancia y con tristeza hice la maleta. La tristeza de quien otea un incierto futuro para los melillenses y los ceutíes por culpa de los enemigos de la nación. Me prometí volver a Melilla si Dios me conserva la salud y el ánimo. Espero que la próxima vez, cuando pise de nuevo tierra africana, esta siga siendo española, como lo lleva siendo desde hace más de cinco siglos. Ojalá que así sea.