De la tristeza y la delicadeza de los cisnes
¿Quién no leyó, por mandato escolar, algunos versos de Rubén Darío cuando fue adolescente? Versos que quedaron para siempre grabados en la memoria, como el que abre el poema Sonatina: La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? O los también memorables Juventud, divino tesoro / ¡ya te vas para no volver!, inicio de Canción de otoño en primavera.
Darío, como Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Gustavo Adolfo Bécquer, eran poetas incluidos en el temario de Literatura española en el bachillerato. Era obligada su lectura por su consideración de clásicos, a diferencia de lo que ocurre hoy, cuando los alumnos lo ignoran todo sobre ellos. Después de nuestro paso por el instituto, esos poetas cayeron en el olvido. En la biblioteca familiar puede que hubiese alguna antología de alguno de ellos, mezclada con una novela de Los cinco, de Eguid Blyton. Pasaban los años, y ahí seguían Machado y Bécquer, a la espera que una mano generosa se acordase de ellos.
Como el poeta nicaragüense, creo que la vida está gobernada por fuerzas que escapan a a la razón y la lógica. No sabría precisarlo, pero es así. El mundo de los sueños, el poder de las premoniciones y la fuerza de lo oculto pesan en el día a día, sin que conozcamos sus reglas. Lo digo porque un sábado del año 2016, cuando trabajaba de profesor en Madrid, descubrí una placa en un edificio elegante de la calle Serrano. Recordaba que allí había vivido Darío, del que se cumplían cien años de su muerte. .
Tiempo después compré una antología del poeta, que recogía una selección de los poemas de sus libros más importantes, Azul (1888), Prosas profanas (1896) y Cantos de vida y esperanza (1905). Releí y leí versos desconocidos para mí y, aun con mis limites como practicante de la poesía, por fin entendí lo que había memorizado de los manuales de Literatura: Darío (1867-1916) vino a revolucionar la poesía escrita en lengua castellana, a quitarle el polvo acumulado durante dos siglos.
Borges fue otro de sus admiradores: "Todo lo renovó Darío: el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará".
Como escribe el también poeta y académico Pere Gimferrer, Darío funda una tradición propia en la poesía española, lo que luego se dará en llamar modernismo, un movimiento literario que dará alas a escritores como Valle-Inclán, Juan Ramón y Octavio Paz, pero que no sobrevivirá después de la muerte de su creador. ¿Quién lee hoy a Salvador Rueda y Francisco Villaespesa? Se cumplió lo que deseaba. Darío no quiso dejar escuela. "Mi literatura es mía en en mí; quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal".
Desde los grandes del Siglo de Oro no hubo una renovación lírica como la que protagonizó Darío. Su empresa, si cabe, fue más ambiciosa porque se puso al frente de un movimiento que alcanzó a toda la América hispana. "Soy hijo de América y nieto de España", dejó escrito este mestizo libertador de las letras hispanas.
Vida convulsa y contradictoria la de este hombre marcado por la temprana separación de sus padres y sus desencuentros amorosos. Como tantos de nosotros, él detestaba la vida y el tiempo que le tocó vivir. Por eso se inventó un mundo de reinas y princesas, cisnes y panteras, pierrots y magos, ninfas y niñas de una sensualidad pervertida, para huir de un presente que lo ahogaba. Alguien que se definió como "muy siglo diez y ocho y muy antiguo / y muy moderno: audaz, cosmopolita" intentó cubrir el vacío de la vida con el doble recurso de las letras y el alcohol (murió de una cirrosis atrófica el 6 de febrero de 2016).
Pero Darío fue más que un poeta: además de su trayectoria como diplomático, rematada como ministro residente de Nicaragua en España, fue periodista y director de periódicos, y también autor de cuentos. En su faceta de periodista trabajó como corresponsal del diario bonaerense La Nación en España, donde publicó una serie de crónicas sobre la vida española después del Desastre de Cuba.
Sus cuentos han despertado menor interés que su obra poética, en parte por desconocimiento, ya que muchos lectores ignoran que Darío cultivó este subgénero narrativo. Entono el mea culpa porque figuro entre ellos, hasta hace muy poco, cuando descubrí una selección de relatos publicada por la editorial Navona. La compré. Me empapé de ellos. Y fui feliz leyéndolos, que es la máxima aspiración al alcance de cualquier lector.
El libro Cuentos recoge 26 relatos breves -algunos de sólo dos páginas-, que abarca el periodo comprendido entre 1886, cuando publica Mis primeros versos, claramente autobiográfico, hasta 1916, un año antes de su muerte, cuando da a la imprenta Huitzilopoxtli (leyenda mexicana). La temática de los cuentos es diversas, lo que prueba la variedad de registros en la narrativa corta de Darío.
Los hay que beben de la estética del modernismo, por su lenguaje preciosista y los personajes escogidos, como El palacio del sol, La ninfa, La muerte de la emperatriz de la China, Este es el cuento de la sonrisa de la princesa Diamantina, Febea y El rey burgués, a mi juicio el mejor de todos, donde el autor critica el desdén de los poderosos por el arte. También hay un cuento más cercano al realismo, como El fardo, donde Darío denuncia las condiciones laborales de los lancheros.
El volumen incluye cuentos con la guerra como tema, como La matuschka (cuento ruso), Betún y sangre y D. Q,, este sobre la guerra de Cuba con un final sorprendente. La influencia de los cuentos góticos se aprecia en Thanathopia. La presencia de la religión es indudable en Cuento de nochebuena y Las tres reinas magas que, pese al título, no esconden ninguna reivindicación feminista.
Sea el poeta o el autor de cuentos, Darío ha pasado la prueba de la posteridad. Conocedor de los clásicos, deudor de una tradición que renovó, fundó la modernidad en la poesía en castellano. Sigue vivo, aunque se le lea poco, pero ¿quiénes leen hoy poesía, salvo una minoría incorregible, en este país hostil y pobretón?
Si por algo nos gusta Darío -y de él nos gustan muchas cosas- es porque al leerlo tocamos la belleza en un mundo irremediablemente feo. ¡He ahí el milagro hecho palabra! Escribía con manos de marqués. Mientras la vida siga siendo un misterio para nosotros, mientras no sepamos de dónde venimos y adónde vamos, perdidos en un mar de dudas y temores, necesitaremos a poetas como Darío, con esa invencible voluntad de crear.


