Las memorias de un editor distinguido

El escritor tiene al editor y al librero como compañeros de viaje. Una vez acabado un libro, la principal preocupación de un autor es encontrar a quien se lo publique. La mayoría de las veces nadie atiende su petición. Y, para que no se pudra en un cajón, recurre a la autoedición, que es una forma de autoengaño de la que viven las imprentas.

Un escritor novel sueña con que célebres editoriales como Anagrama, Tusquets o Seix Barral publiquen su novela, pero en realidad desconoce cómo funcionan estas empresas, cuáles son sus reglas, no siempre transparentes, y sus códigos. Conocerlas le ayudará a afinar el tiro, a que alguna de esas puertas y u otras en las que no había pensado se abran. La realidad, a menudo, es muy diferente a lo imaginado.

A esos jóvenes -y no tan jóvenes- que han entendido que la literatura, entre muchas cosas, es apartarse de la corriente de la vida para escribir sobre sus secretos, les recomendaría que leyesen las memorias de Enrique Murillo, Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición, publicadas en Trama. Pocos como Murillo pueden escribir, con mayor conocimiento de causa, sobre el sector editorial en España. Nacido en Barcelona en 1944, lo ha sido todo: desde editor a traductor, desde periodista a profesor, autor de dos novelas como El secreto del arte y El centro del mundo

La de cosas que ha visto Murillo sobre las editoriales, y lo bien que lo cuenta en este libro de memorias, escrito sin ánimo de venganza, aunque tendría motivos para ello, movido, en todo caso, por el deseo de dejar testimonio sobre lo visto y oído, antes de desaparecer de la escena, pensando sobre todo en esas nuevas y pequeñas editoriales que intentan plantar cara a leviatanes como Amazon, que mueve el 30% de las ventas, del sector, y Planeta y Penguin, que controlan el 50% del negocio. 

Murillo comenzó de lector del editor Carlos Barral, artífice de la Ley de Propiedad Intelectual (1987), con la que se pretendía acabar con la servidumbre medieval que ataba a los escritores con las editoriales. De Barral aprendió que la calidad artística debe conjugarse con los criterios comerciales cuando se ha de decidir si se publica un libro. No todo lo que se publica debe ser una obra maestra, como él pensaba en su juventud. Las editoriales son empresas y deben ser rentables. Quien no lo entiende acaba cerrando en un mercado en el que el pastel se reduce, pues los índices de lectura, en contra de lo que dicen las estadísticas falsas del Ministerio de Cultura, caen año tras año. 

Pese a su importancia, Murillo ha sido un personaje desconocido, incluso para el público lector. Yo había leído alguna traducción suya de Nabokov y el prólogo de Tánger bar, de Miguel Sánchez-Ostiz. Pero hablamos de uno de los personajes más decisivos en la evolución de la literatura española desde la muerte de Franco. Murillo contribuyó al éxito inicial de Anagrama en los años ochenta, siendo la mano derecha de Jorge Herralde. Los cinco años que estuvo en la editorial catalana no tuvo contrato. Acabaría siendo una de las bestias negras de Herralde, si bien no a la altura de Javier Marías. 

Enemigo de la tradición narrativa anterior, del realismo y el costumbrismo mesetario, con Cela y Delibes como sus principales representantes, Murillo se inventó la etiqueta de Nueva Narrativa Española, que englobó a escritores como Álvaro Pombo, a quien descubrió; Juan José Millás, Julio Llamazares, Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes, Luis Landero, Ignacio Martínez de Pisón, Enrique Vila-Matas y otros muchos. 

Si promovió la renovación de las letras españolas en castellano, tampoco le hizo ascos a fabricar best sellers para salvar a editoriales de la quiebra, como sucedió cuando lo ficharon para Plaza & Janés. Suyo es el mérito de recomendar El Rey, de José Luis de Villalonga, y La Reina, de Pilar Urbano. También fue asesor en el grupo Planeta y tuvo un paso fugaz por Alfaguara. Acabó creando Los libros de lince, una pequeña editorial volcada en publicar ensayos críticos con el sistema económico actual. Su título acaso más relevante fue El crash del 2010, de Santiago Niño-Becerra. 

En su larga trayectoria profesional, en la que con frecuencia trabajó como falso autónomo, es decir, sin contrato de trabajo, lo que refleja cómo se las gastan en algunas editoriales, Murillo también desarrolló su faceta de periodista (estudió en la Facultad de Periodismo de Navarra). Fue redactor jefe de El Europeo en los tiempos de la movida madrileña, y responsable del suplemento de cultura y después de Babelia, en EL PAÍS. Del diario del Régimen destaca su "estructura funcionarial" y recuerda un consejo de Javier Pradera, el principal editorialista del periódico: la cultura, en este periódico, no interesa.  

Como cualquiera, Murillo tuvo aciertos y errores a su paso por las editoriales. Quien toma muchas decisiones corre ese riesgo. Sin su concurso autores como Álvaro Pombo, Ray Loriga e Ignacio Martínez de Pisón no serían lo que son. Gracias a sus traducciones, los lectores españoles accedimos a las obras de Martin Amis, Nabokov, Tom Wolfe y Julian Barnes. Es el autor en la sombra del éxito de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, que salvó a Anagrama del cierre. En cambio, pasó por alto el talento de Enrique Vila-Matas, Carlos Ruiz Zafón e Irene Vallejo, autora de El infinito en un junco.  

El amor por los libros no le impide desvelar los males del sector editorial. Murillo denuncia la desprotección de los autores, que carecen de herramientas legales para saber cuánto de verdad venden. Recuerda que, al ser nombrado ejecutivo de Plaza & Janés, descubrió que había dos listas de ventas: las reales y las ficticias, estas inferiores en número. A los autores se les pagaba menos de lo que vendían. Esta fue la razón de la polémica de Javier Marías con Herralde, que Murillo vivió en primera persona, lo que llevó al novelista madrileño a abandonar Anagrama y marcharse a Alfaguara.

Si a los autores se les engaña en algunos casos, a los traductores, sencillamente, se les humilla. La mayoría trabaja sin contrato y cobra por folio traducido. Son los parias de la edición. Ni imaginar que puedan cobrar royalties por las ventas de un libro en el que han contribuido a su éxito comercial. 

Y, llegado a este punto, el lector se preguntará: ¿y los premios?, ¿están todos dados de antemano? Murillo es honrado al confesar que los grandes premios están "cocinados", prefiere no decir "amañados", como otros compañeros de profesión. Siendo asesor del grupo Planeta, contactó con hasta tres grandes -Almudena Grandes, Arturo Pérez-Reverte y Rosa Montero- para ofrecerles que se presentaran al premio y ganarlo. Lo rechazaron. Un varón, del que no descubre su identidad, aceptó. 

El cainismo influye, en ocasiones, en las decisiones tomadas para decir quién publica y quién no. El mercado editorial se mueve por filias y por fobias en España, como casi todo. O estás conmigo o estás contra mí, sin término medio. Y lo curioso del asunto es que Murillo nos aclara el verdadero tamaño de un sector que, comparados con otros, destaca por sus bajos volúmenes de negocio. En España, con sus 50 millones de habitantes, un best seller es el libro que alcanza los 20.000 ejemplares vendidos.  

Retirado en la paz de sus desiertos, sin la compañía de su compañera Fe Blasco, fallecida en octubre de 2024, Murillo, a sus 82 años, es optimista pese al inventario de trampas, calamidades e injusticias asociadas a la edición española. En la última página del libro, escribe: "Son todas esas empresas -se refiere a librerías y editoriales pequeñas- el último refugio para la minoría irreductible de lectores que buscan en los libros algo más que un triste consuelo, un entretenimiento vacío".  

Lector, editor y librero se necesitan en un triángulo necesario para la supervivencia de la lectura, en un mundo en que se libra un combate entre la civilización y la barbarie tecnológica. Mientras haya una librería abierta o un editor dispuesto a jugársela por un autor desconocido, compartiremos la esperanza de Enrique Murillo.  

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