Leer a Dostoievski a 35 grados a la sombra

No fue una buena idea leer a Fiódor Dostoievski a comienzos de otro verano africano, con temperaturas que sobrepasan los 30 grados, anulando, casi por completo, tu voluntad. Ya de por sí el novelista ruso exige, en condiciones normales, un esfuerzo físico y mental. Físico si se trata de novelas como Los demonios, objeto de esta reseña, que abarca 900 páginas. Y mental por el elevado número de personajes, con nombres que a menudo cuesta retener (ninguno se llama Pepe López ni María Ramírez, por ejemplo), la trama y las subtramas desarrolladas y sobre todo la densidad de algunos diálogos. Dostoievski como gigante literario te exige mucho como lector; es un tour de force, un reto que exige paciencia y dedicación, pero merece la pena intentarlo. 

En sólo un año he leído tres libros de Fiódor Dostoievski: Memorias sobre la casa muerta, basada en su experiencia como preso en Siberia, El idiota y Los demonios. Todas ellas de una larga extensión, especialmente las dos últimas. En la carrera del escritor, El idiota (1869) precedió a Los demonios. El autor quedó decepcionado porque no había obtenido las ventas ni la aceptación de la crítica que con Crimen y castigo

Los demonios fue publicado por entregas en la revista El mensajero ruso. El autor, acuciado por las deudas, lo escribió fuera de Rusia, en condiciones precarias, a lo largo de cuatro años (1868-1871). Durante ese periodo vivió en Alemania, Suiza e Italia, en compañía de su segunda esposa, Anna Grigórievna. Fue un tiempo de ludopatía, depresión y frecuentes crisis de epilepsia. La novela tuvo una lenta elaboración. Según reconoce en una carta escrita a un amigo, Dostoievski rehizo el plan de la novela "en no menos de diez ocasiones, y he reescrito íntegra, cada vez, la primera parte".  

Los demonios, protagonizado por jóvenes nihilistas, dispuestos a darlo todo, hasta la vida, por la Causa, refleja el carácter visionario de Dostoievski. Anticipó el comunismo estalinista (esta novela estuvo censurada durante la tiranía de Stalin) y el terrorismo contemporáneo. Aquella juventud rusa pretendía hacer tabla rasa de todo, acabar con los cimientos de la civilización, era enemiga de la familia y el orden burgués. No le importaba sacrificar vidas en nombre del pueblo, ese absoluto. "El pueblo es el cuerpo de Dios", dice Ivan Shátov, uno de los revolucionarios. 

En realidad, esos jóvenes están endemoniados, contaminados por una ideología -el nihilismo- importada de la Europa occidental. La novela se abre con los versículos del Evangelio de San Lucas que recuerdan cómo Jesús liberó a un hombre de sus demonios y les hizo entrar en una piara de cerdos, que se lanzó hacia un lago y se ahogó. La muerte también será el final de estos jóvenes idealistas y violentos. 



Al escribir Los demonios, Dostoievski partió de la experiencia. Fue un joven reformista que fue arrestado en 1849 por participar en actividades subversivas contra el zar. Fue condenado a ocho años de cárcel en Siberia, después de ser víctima de un simulacro de ejecución. Fue puesto en libertad en 1854; los años pendientes de condena los pasó sirviendo como soldado raso. 

El cautiverio en Siberia transformó a Dostoievski. Dejó a un lado sus ideas occidentales de juventud, y evolucionó hacia una posición eslavófila y religiosa. Lo espiritual y lo sagrado inspiraron su obra a partir de entonces. Los demonios denuncia el poder corruptor de las ideologías, sean el liberalismo de los años cuarenta, o el nihilismo de los años sesenta. 

Los demonios están inspirados en un hecho real ocurrido en 1869: el asesinato de un joven estudiante, Iván Ivanov, en un parque de Moscú, a manos de una de la célula revolucionaria que dirigía el sanguinario Serguéi Necháiev. En la novela, el joven Shátov será también asesinado después de que uno de sus compañeros, Piotr Stepánovich, lo acusase de ser un delator. Este crimen enciende una espiral de violencia que consumirá a sus protagonistas de distintas formas.  


¿Qué papel juega la muerte de Dios en la justificación del terror? Dostoievski analiza, en esta obra como en Los hermanos Karamazov, la relación entre el ateísmo y la ausencia de cualquier límite moral para alcanzar un objetivo político. El capítulo La confesión de Stavoroguin, que narra el encuentro entre un pederasta y asesino y un obispo retirado, aborda el pulso permanente entre el bien y el mal, entre Dios y el diablo. Es de lo mejor de la novela. 

Dostoievski describe cómo la ideología nihilista se ha transformado en una religión laica. "Si Dios no existe, yo soy Dios", asegura Kírilov antes de suicidarse. Esto nos recuerda a la célebre frase de Ivan Karamazov: "Si Dios no existe, todo está permitido". Y así fue años después; todo estará permitido para Stalin, Hitler y Mao. Estas páginas anticipan el holocausto judío y gulag. 

"No se puede escribir poesía después de Auschwitz", escribió el filósofo Adorno. Entonces, la belleza, al igual que Dios, ¿ha muerto? Dostoievski nos salva de caer en el fatalismo. En boca del revolucionario Piotr Stepánovich pone las siguientes palabras: "Yo amo la belleza. Soy un nihilista, pero amo la belleza. ¿Acaso los nihilistas no aman la belleza? 

Pues eso, que habrá que leer Los hermanos Karamazov en invierno.



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