Quien a hierro mata, a hierro muere
La lectura placentera de un libro abre las puertas a seguir interesándose por la obra de un escritor. Esto me ocurrió, a comienzos del año, con Máscaras, una novela del cubano Leonardo Padura, dentro de la serie protagonizada por el inspector Mario Conde. Curioso como soy en materia literaria, pedí consejo sobre cuál podía ser el libro idóneo para adentrarme en la narrativa de Padura. La respuesta que me dieron fue clara: escoge El hombre que amaba a los perros (Tusquets).
Publicada en 2009, esta novela, a la que el autor dedicó tres años de escritura tras una larga investigación, tiene un pie puesto en la ficción y otra en la historia. Pero el autor advierte, en su nota final de agradecimiento, que, al tratarse de una novela prevalecen "las libertades y exigencias de la ficción". El título es el mismo de un relato de Raymond Chandler.
¿Quién es el hombre que amaba a los perros? No me atrevo a reventar la trama de la historia, sería poco decoroso para quien esté interesado en leerle, así que me conformaré con apuntar que uno de los protagonistas, León Trotski, sentía predilección por estos animales.
A los legos en historia el nombre de Liev Davídoch Trotski les dirá poco a estas alturas; como mucho lo relacionarán con la Revolución rusa de octubre de 1917. Sin embargo, este judío ucraniano (1879-1940) formó parte del catecismo comunista en el siglo XX. Como dice un personaje en el libro, nada más parecido al comunismo que los preceptos católicos. Es una religión que no admite herejes. La verdad está de su lado.
El hombre que amaba a los perros cuenta el exilio de Trotski desde 1928, en que es expulsado de la URSS por orden de Stalin, hasta agosto de 1940, cuando es asesinado por el español Ramón Mercader. Antes el revolucionario lo fue todo: creó los primeros soviets en Rusia; firmó con Alemania el tratado de Brevts Litovz, por el que Rusia salía de la I Guerra Mundial, y fundó el Ejército rojo que combatió a los 'blancos' (todo enemigo de los bolcheviques) en la posterior guerra civil (1918-1920).
La toma del poder por Stalin a la muerte de Lenin supuso la caída de Trotski, mano derecha del líder de la Revolución de Octubre y poderoso intelectual como él. Stalin, matón y terrorista en su juventud, se deshizo de la vieja guardia de Lenin en los procesos de Moscú, en los años treinta, y convirtió a Trotski, ya en el exilio, en el enemigo 'número uno' de la URSS. Este organizaría la IV Internacional Comunista para denunciar los crímenes del georgiano, a quien bautizó como El Sepulturero de la Revolución.
A lo largo de las casi 800 páginas de la novela, el lector asistirá a la huida emprendida por Trotski y su mujer Natalia Sedova por los países que le dieron refugio: Turquía, Francia, Noruega y, finalmente, México. Todos los gobiernos le impusieron condiciones draconianas, la principal de ellas, no emprender ningún tipo de actuación en el territorio que lo acogió, por miedo a que el exiliado prendiese la mecha de la revolución.
El exilio de Trotski, penoso hasta su llegada a México en 1938, donde llegó a vivir en La Casa Azul del Diego Rivera y Frida Kahlo, con la que el revolucionario llegó a revivir la pasión de la juventud, podría ser un ensayo histórico si no fuese porque Padura incluye las vidas de otros dos personajes en la novela. Uno de ellos es Ramón Mercader, desde sus inicios como joven comunista en Cataluña hasta su elección por Stalin para matar a Trotski. El otro es Iván Cárdenas, un periodista cubano que trabaja como corrector en una revista veterinaria.
Como en la serie protagonizada por Mario Conde, el autor nos describe una Cuba en completa decadencia, donde falta lo más básico para vivir; un país gobernado por la corrupción y el autoritarismo, donde personas como Iván, su mujer Ana y su amigo Daniel mantienen la dignidad, pese a todo. En La Habana de los años setenta, cuando aún el Muro de Berlín sigue en pie, Iván conoce, en uno de sus paseos por la playa, a un hombre enigmático que acude acompañado por dos borzois, dos galgos rusos, llamados Ix y Dax.
Uno de los méritos de Padura es lograr un equilibrio entre la ficción y la realidad verificable, como él se empeña en subrayar. Por ejemplo, de Ramón Mercader, agente soviético que se esconde bajo distintas identidades, es más lo intuido que lo sabido de un personaje que, tras golpear a Trotski en la cabeza con un piolet de montañero, pasó veinte años en cárceles mexicanas, hasta que en 1960 se fue a vivir a la URSS. Allí notó la frialdad y la indiferencia de los viejos camaradas. Era un recuerdo incómodo del estalinismo. Fue verdugo y víctima del comunismo. Murió en La Habana en 1978,
Lo mejor de la novela, en cambio, es el retrato que el autor hace de Iván, el periodista que sueña con ser escritor, pese a las dudas sobre su talento. En esto se asemeja a Mario Conde, constructor de historias a partir de una Cuba herida de decadencia y hermosura. En ambos puede intuirse la personalidad de Padura.
La novela tiene un fondo triste, un regusto de fracaso, la crónica de una decepción. ¡Tantos millones de muertos para nada! El fantasma que recorría el mundo, aquel en el que creyeron y por el que murieron varias generaciones, se convirtió en una pesadilla. Las utopías las carga el diablo, que gusta confundir con ideologías que prometen el paraíso para traer después el infierno.
Al ser asesinado, León Trotski recibió la misma medicina que él aplicó a sus enemigos. El teórico de la revolución permanente careció de compasión con los rivales de los bolcheviques, cuando estos se hicieron con todo el poder en 1918. Los mandó aplastar, como también ordenó acabar con los marinos de la base de Kronstadt, que reclamaban derechos elementales para los trabajadores y campesinos en 1921. No hubo piedad para ellos.