¡Queremos tanto a Stevenson!
Hay escritores que nos gustan porque cautivan con sus historias, aprendemos de ellos, nos sorprenden e interpelan, remueven los cimientos de nuestras aparentes convicciones, abren ventanas en casas cerradas largo tiempo y nos hacen más llevaderas las tardes de veranos calurosos como este. Y hay escritores que nos hacen felices al leer sus libros. Robert Louis Stevenson es de estos últimos.
En una de mis frecuentes visitas a las librerías del centro de Valencia, encontré, casi sin quererlo, en una estantería dedicada a literatura bilingüe, el librito A Christmas Sermon (Sermón de Navidad), de Stevenson, editado por KEN. Esta obra se publicó por primera vez en la revista mensual Scribner´s Magazine, de Nueva York, en diciembre de 1888. Dos años después vio la luz en forma de libro.
Este opúsculo, que leí en media hora, es un primor de las letras. Sermón de Navidad resume la sabiduría vital y narrativa del autor escocés, célebre entonces por La isla del tesoro (1883) y El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886). Muy pocos lectores habrán accedido a esta hermosa y pequeña joya, que permanecerá en un segundo plano, junto con la poesía y los ensayos de Stevenson.
Escrita con motivo de las fiestas navideñas, Stevenson utiliza ese pretexto para hablar de sí mismo y de todos nosotros. Fue un hombre que vivió mucho: probó la miel y la hiel en la vida. Hijo de una familia de constructores de fareros, pasó media vida enfermo por una tuberculosis diagnosticada en su infancia. Eso le llevó a viajar en busca de climas benignos para su enfermedad. De joven llevó una vida bohemia y pendenciera, en la que no faltaron la lealtad a sus amigos y la querencia por el alcohol.
Quizá porque vivió mucho y fue humilde para extraer las lecciones ásperas de la vida, Stevenson escribe que los seres humanos somos más bien poca cosa. Antes de que anochezca, conviene aceptar que el fracaso "es un componente de nuestro destino" y no exigirnos tanto a nosotros mismos. "En la vida no se trata de cortar nudos gordianos, sino de desatarlos con una sonrisa", escribe.
Tiene mala opinión Stevenson de los moralistas, tan frecuentes en todos los tiempos, que dan sermones a quienes no se los han pedido, siempre con el dedo índice erecto para prevenirnos sobre los riesgos de algún pecado capital. Como Oscar Wilde, el autor de La Flecha Negra cree que hay que caer en todas las tentaciones que salgan a nuestro paso, salvo en una: "la pasión por entrometerse en la vida de los demás" pues, dice, "es un indicio de una vida dañina y contradictoria".
La sabiduría de Stevenson reside en regresar la sencillez de la infancia, en recuperar la mirada limpia de las cosas y las personas, sin los prejuicios adquiridos en la madurez. No en vano, Chesterton lo definió como "un niño, pero un niño perdido". Por esta razón, a Stevenson lo asociamos con las horas felices y largas de la niñez, cuando Jim Hawkins, igual de asustado que nosotros, oía cantar al malvado John Silver en la posada del Almirante Benbow: "Quince hombres sobre el Cofre del Muerto / yo ho ho / la botella de ron...".
En el tiempo de celebración del nacimiento de Jesús, Stevenson, criado en una familia de puritanos protestantes, está convencido de que el Reino de los Cielos "es de los que son como niños, de la gente fácil de complacer, de los que aman y proporcionan felicidad". Para el escritor de Edimburgo, un buen cristiano tiene dos obligaciones elementales: la primera es hacerse el bien a sí mismo, quererse más y exigirse menos, y la segunda es con el prójimo: "Debo hacerle feliz". En suma, vivir es haber servido a los demás, añade.
Precisamente, lo que consigue Stevenson con Sermón de Navidad es procurarnos unos momentos de felicidad, es decir, suavizarnos las aristas de la vida. Sus palabras brotan del manantial de la verdad y la ternura pero también de la tristeza, porque leyéndolo es inevitable pensar que este hombre melancólico había interiorizado su muerte temprana. Le llegó, por derrame cerebral, el 3 de diciembre de 1894, a la edad de 44 años. Dejó una viuda, diez años mayor que él, dos hijastros y una obra nacida del conocimiento y la compasión hacia sus semejantes.
El niño Robert Louis Stevenson, que acabó sus días en los Mares del Sur, está enterrado muy lejos de aquí, en lo alto del Monte Vaea, en Samoa, a cuatro mil metros de altura.


