El polvo del olvido
Unos hacen la historia y otros la sufren. Este célebre frase de Albert Camus, durante la aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1957, sigue vigente, pese a que nuestro mundo es muy distinto al de la guerra fría. Los protagonistas cambian pero el argumento es el mismo. El poder pasa a otras manos; a una aristocracia le sucede otra, mientras el pueblo, sometido a toda clase de engaños o amenazas, ejerce de convidado de piedra. Así funciona la historia, según determinó el filósofo italiano Vilfredo Pareto en su teoría sobre "la circulación de las élites".
España no es una excepción a esta regla. También nos dominaron y dominan las élites. Salvo excepciones, su papel histórico ha sido preservar sus intereses a toda costa, en contra de la voluntad de la mayoría, como podemos constatar en estos días aciagos. Como ninguna élite es eterna; llega el momento en que se debilita y es reemplazada por otra. Se cambian los nombres de las cosas pero la sustancia es la misma. En un siglo largo, el país ha vivido una Restauración borbónica, la dictadura de Primo de Rivera, la II República, el franquismo y el restablecimiento de la monarquía.
¿Qué queda hoy de aquellas aristocracias? ¿A alguien le dicen algo los nombres de los políticos Santiago Alba, Gabriel Maura, Fernando de los Ríos y Laureano López Rodó? Ubi sunt? ¿Qué fue de los que pisaban las alfombras del poder y fueron tocados por el peso de la púrpura? En el mejor de los casos, sus familias les cambiarán las flores de los panteones cuando llegue el 1 de noviembre.
José María Pemán (1897-1981) perteneció a una de esas aristocracias sepultadas por el polvo del olvido. Antes de entrar a analizar su figura, quizá su nombre le suene al lector de la triste actualidad. En 2021 la izquierda andaluza logró que se quitase una placa de su casa en prueba de homenaje. También le retiraron el título honorífico de Hijo Adoptivo de Cádiz, decisión revocada después por los jueces. Este verano hubo cierta polémica porque el teatro de esta ciudad andaluza reabrió con el hombre de Pemán al cabo de quince años de reformas. En fin.
Pemán es otra de las víctimas de la Ley de Desmemoria Histórica. Cierto es que dirigió la depuración de los profesores republicanos durante la guerra civil. Pero su paisano Rafael Alberti fue un notorio estalinista. Al primero se le castiga y al segundo se le premia. Esa doble vara de medir es difícil de entender si uno no tiene la vista cegada por los prejuicios de la ideología.
De Pemán no había leído nada, salvo algunos artículos en el ABC, el diario en que cimentó su fama de articulista después de haberse iniciado en El Debate, de Ángel Herrera Oria. En una librería de lance cayó en mis manos Mis almuerzos con gente importante, publicado en 1970. Este libro inspiraría otro de título muy parecido, Mis almuerzos con gente inquietante, de Manuel Vázquez Montalbán.
El autor de El divino impaciente escribió este libro, en el que se codea con las élites de varias épocas, porque pertenecía a una de ellas. Nacido en una familia gaditana de clase alta, estaba emparentado con los Primo de Rivera (Miguel, hermano de José Antonio, era cuñado del escritor). Autor de una obra prolífica (ensayo, teatro, periodismo, novelista y poesía), se interesó de joven por la política. Abogado de profesión, fue miembro de Unión Patriótica del dictador Primo de Rivera, diputado en las Cortes republicanas y procurador en las franquistas. Desde la guerra civil apoyó el franquismo hasta evolucionar a posiciones del liberalismo conservador al final de la vida.
Mis almuerzos con gente importante prueba la excelencia de Pemán como escritor. Su estilo es ágil y ameno, con gotas calculadas de humor andaluz, cuando narra las anécdotas con los poderosos de sus días. Es maestro en combinar el registro culto con el popular. Como él admite, es un libro desordenado, pues va y viene al recordar los acontecimientos y retratar a los personajes. El interés de estos almuerzos reside sobre todo en que describe la intimidad de aquellos hombres que se ven obligados a interpretar un papel en la vida pública.
Para Pemán, el almuerzo es "la institución de derecho público más vivaz y expresiva que se conserva en España". Y añade: "Debe ser, como la siesta, uno de esos buenos legados que nos dejaron los moros". El almuerzo refuerza los lazos de amistad de los presentes, inclinados al diálogo y la buena mesa, como ocurre en el Banquete de Platón y el Satyricón de Petronio.
Por las páginas de este libro pasan militares como los dictadores Primo de Rivera y Franco, y los generales Millán Astray, Cabanellas y Queipo de Llano; políticos como Francisco Cambó, José Antonio Primo de Rivera, José Calvo Sotelo, Manuel Fraga Iribarne y Laureano López Rodó; artistas como Raquel Meller; los cardenales Herrera Oria y Segura, y los escritores Ramiro de Maeztu, Jean Cocteau, Jacinto Benavente, Eugenio d'Ors y José Ortega y Gasset.
No todos los protagonistas de estos almuerzos despiertan el mismo interés. Pero hay algunas anécdotas que conviene contar por su amenidad. Por ejemplo, cuando el dictador Primo de Rivera ordenó a José Antonio que se fuera a su cuarto por discutir la política del padre. Allí le llevarían los postres. "No quiero postres", respondió el que luego fue fundador de Falange Española.
En el último almuerzo con Calvo Sotelo, días antes de su asesinato, el político conservador "hablaba como un moribundo civil", intuyendo su trágica muerte, según Pemán, quien desvela una de su confesiones: el que fue ministro de Hacienda en la Dictadura de Primo de Rivera tenía "mucho miedo físico" antes de ser intervenido de una apendicitis.
De Queipo de Llano destaca su "elementalidad cultural y pasión hispánica" y a Millán Astray lo presenta como un personaje excéntrico. El fundador de la Legión le da la "orden" de escribir unas "letras" para Celia Gámez, "para una revista que quiere montar". Millán Astray será después el padrino de la actriz.
Durante la guerra civil, Pemán tuvo ocasión de almorzar con el general Virgilio Cabanellas, presidente de la Junta Militar que dio el golpe de Estado, antes de que Franco tomara el mando definitivamente.
Le dice Pemán a Cabanellas:
-Mi general.. creo que se ha matado y se está matando todavía por los nacionales demasiada gente.
Cabanellas pensó casi un minuto, y contestó gravemente: Sí...
Si hablamos de escritores, Pemán destaca la marginación de Jacinto Benavente en los primeros años del franquismo, por haber levantado el puño en un acto público durante la guerra civil; la rivalidad entre el heideggeriano Ortega y el mediterráneo D'Ors y la correspondencia casi administrativa con Azorín —"Melibea debe de venir de miel", le escribe el alicantino. También destaca la simpatía del seductor Jean Cocteau y define a Maeztu como "un gran tipo de puritano escocés".
En los almuerzos de Pemán se presta también atención a las promesas del franquismo desarrollista, como Laureano López Rodo y ese profesor de energía llamado Manuel Fraga Iribarne. De este dice: "Habría inaugurado algún parador a primera hora; habría expedientado algún periódico rebelde al mediodía. Y venía ahora a almorzar conmigo por puro culto a la amistad". El ministro llegaba contento porque había perdido veinte kilos gracias a un menú vegetariano. En el almuerzo pide un consomé y un plato de apios y escarolas.
Al final del libro, Pemán, que destacó como orador, narra la audiencia mantenida con Evita Perón. En pocas líneas describe un retrato certero de la actriz. Acude acompañado por el embajador José María de Areilza. Comparten audiencia con diplomáticos de Yugoslavia.
—Bienvenidos todos... Les recibo aquí, porque no tengo un minuto libre para otra cosa.
Mientras hace como si los atiende, despacha con su ayudante Serafina, a la que le pide que "al chiquito le den unos pesos para caramelos", entre otras preocupaciones por los descamisados. Les ofrece un aperitivo gaucho y sólo habla ella. Después, Pemán y Areilza van a ver a Perón. Les ofrece un café.
—Che... ¿Qué les ha parecido la Evita? Se mata trabajando: se lo digo pero no me escucha..., ¿saben? No me escucha.
El libro de José María Pemán recoge también los encuentros con el ministro Gabriel Arias Salgado, que contaba las almas que salvaba gracias a la censura; Ángel Ossorio y Gallardo, Gonzalo Fernández de la Mora, Alfredo Sánchez Bella... Podría seguir. Que levante la mano el que sepa quiénes fueron estos señores. Sombras de un poder que se deshizo en las brumas del olvido.






