Baroja y Martín-Santos, retratados por el displicente Juan Benet
En la casa de Baroja, muy cerca del Retiro, no se anunciaba al visitante, fuese conocido o no; a veces era el escritor quien abría la puerta y lo acompañaba al salón. Entonces apartaba las cuartillas que tenía entre manos, y se disponía a iniciar una tertulia. El domicilio de Baroja, situado en la calle Alarcón, 2, estaba abierto a todo el que quisiera verlo. Uno de aquellos contertulios fue el escritor e ingeniero de caminos Juan Benet (1927-1993). Comenzó a visitarlo en 1946, y durante siete años se mantuvo fiel a esta costumbre. Cada dos semanas acudía a la tertulia, que solía durar dos horas y en la que se reunían media docena de personas en torno al autor de La busca.
Juan Benet traza un retrato del novelista vasco en el libro Otoño en Madrid hacia 1950 (excelente título, a mi entender), que reúne cuatro textos publicados en libros, revistas y periódicos desde 1972, año en que se publicó Barojiana, del que ahora hablaré, hasta Luis Martín-Santos, un memento, que vio la luz en 1986. La edición objeto de esta reseña incluye un epílogo del poeta Antonio Martínez-Sarrión, conocido benetiano que tuvo a Benet como el principal prosista de la segunda mitad del siglo XX. En esta suerte de cofradía militaron también Javier Marías, Vicente Molina Foix y Juan García Hortelano. Umbral los despreciaba llamándolos "angloaburridos".
Martínez-Sarrión, del que recomiendo encarecidamente su libro de memorias Infancia y corrupciones (Alfaguara), califica Otoño en Madrid hacia 1950 de "una obra maestra" y añade que muchos lectores del escritor madrileño lo consideran su "libro favorito". No puedo respaldar tal afirmación porque el único libro que he leído de este autor de culto, de difícil e impenetrable lectura, además de inclinado a hacerse enemigos por su carácter altivo, es el que a continuación voy a comentar.
En la biblioteca de mi casa duermen, desde hace años, Volverás a Región y Una meditación, novela esta última de uno solo párrafo. Por ahí anda también El aire de un crimen, la incursión de Juan Benet en la novela policiaca con la que quedó finalista del Premio Planeta en 1980.
Si di el paso de leer a Benet fue porque Otoño en Madrid hacia 1950 es un libro breve, de apenas 150 páginas, y porque está a caballo entre las memorias y la galería de retratos. El autor fue siempre reacio a escribir unas memorias -que consideraba "una mariconada", tal como le confesó a Martínez-Sarrión-. Este libro, con todo, es lo más parecido a unas memorias.
De su lectura me han interesado dos de los cuatro textos, quizá porque coinciden con la visión de dos escritores a los que Benet conoció en vida. Uno de ellos es Pío Baroja, al que me referí antes, y otro es Luis Martín-Santos. Ambos son autores canónicos de la literatura española del siglo XX. Pero son casos diferentes. El primero, miembro de la generación del 98, escribió más de un centenar de libros; el segundo pasó a la literatura con una novela, Tiempo de silencio, publicada en 1962.
En aquellos años de la posguerra, años de represión, hambre y frío, la descripción que Benet nos proyecta de don Pío se ajusta a la idea que teníamos de él por la impresión de otros de sus contemporáneos, así como por la lectura de sus memorias. Baroja es un hombre sin ínfulas. "Era todo lo contrario a un viejo maestro. Le horrorizaba la solemnidad y nada le parecía más ridículo que el hombre revestido de una cierta púrpura", escribe Benet.
Entre los rasgos de carácter de Baroja estaban la nostalgia por un tiempo idealizado, que no llegó a conocer; el realismo; su fidelidad a una concepción del mundo y de la literatura; la llaneza en el trato; su escasa inclinación a la salida ingeniosa y sobre todo el desencanto. Dice Benet que aquellas tertulias eran "el curso general sobre el desencanto". En aquel curso, en el que la falta de respeto se extendía a casi todo, "se enseñaba a perder toda clase de confianza en el entusiasmo".
Benet, admirador del narrador vasco, analiza su obra literaria. De ella, por ser una proyección de la personalidad del autor, no podrá haber continuadores, dice. La grandeza de este escritor, explica Benet, es que conoció sus límites como narrador desde el principio. Supo que ni él ni nadie podrían alcanzar las cimas de sus maestros: Dickens, Stendhal y Dostoievski. Después necesariamente llegaría la decadencia. "La novela ha muerto", llegó a confesarle el maestro vasco a Benet.
Baroja murió con las botas puestas de un estilo reconocible, el suyo, al que fue fiel desde su primer libro de cuentos Vidas sombrías (1898). Fue impenetrable a las modas literarias. No le interesaron. Su literatura, por lo demás, desdeña la retórica. Sus libros son el resultado de una "poda total". Después de haber sido un lector entusiasta de su obra, el displicente Juan Benet, poco dado a elogiar a sus colegas, señala, en referencia a Baroja: "A la épica la despoja de toda grandeza, al discurso de todo énfasis y todo brillo, a la prosa de toda figura compleja".
Uno de los visitantes de aquellas tertulias barojianas fue Luis Martín-Santos. Con una vez le bastó. No volvió a repetir, tal como recuerda su amigo Benet, que lo animó a conocer a Baroja. Ambos se trataron con asiduidad en los años que Martín-Santos vivió en Madrid, ciudad a la que llegó en 1946 a hacer el doctorado y practicar la cirugía en el Hospital General San Carlos. El escritor, donostiarra de adopción, se había licenciado en Medicina en la Universidad de Salamanca. Venía de una familia pudiente y de tradición castrense. Su padre fue director del Hospital Militar de San Sebastián.
En "Luis Martín-Santos, un memento", Juan Benet nos deja un excelente retrato de un hombre y la descripción de una época. A poco de llegar a Madrid, el escritor, nacido en Larache (antiguo protectorado español en Marruecos), sufrió una transformación. Dejó de creer en Dios y se hizo librepensador. También se percató de que no quería ser cirujano, como deseaba su padre, así que eligió la especialidad de psiquiatría, la que mejor le podía servir para la creación literaria. Era un hombre de gran cultura, conocía perfectamente a los clásicos; bailaba muy bien y vestía de manera atildada, con un traje cruzado de color tabaco. Gracias a a la biblioteca de Benet se puso al día en los grandes narradores del siglo XX, desde Joyce a Céline.
El Madrid de finales de los años cuarenta, aún con la heridas abiertas de la guerra civil, está presente en Tiempo de silencio, publicado cuando su autor era director del Hospital Psiquiátrico de San Sebastián. Leyendo a Benet uno cae en la cuenta de cómo Martín-Santos y su circunstancia se reflejan en esta novela que renovó la narrativa española. Así, Pedro, su protagonista, es médico como el autor; la pensión donde se alojó Martín-Santos en la calle Barquillo, 22, también inspira páginas del libro, y las escenas del burdel de doña Luisa recuerdan las visitas de Martín-Santos y Benet a los prostíbulos de la época. Ambos escritores también asistieron a la célebre conferencia de Ortega en el cine Barceló en 1949, recogida en otra escena de la novela.
En aquella ciudad del millón de muertos, parafraseando a Dámaso Alonso, quedaban las noches de los sábados como tabla de salvación. Aquellas noches de alcohol y sexo comenzaban con cenas en Casa Pedro o El Figón de Santiago, y se prolongaban hasta la madrugada en salas de baile. Según Benet, las había "para golfos" -Casablanca y Pasapoga- y otras para "no golfos" -Prim y Castelló-.
En aquellas noches era frecuente que se hablase también de literatura y filosofía con Carmen Martín Gaite, Alfonso Sastre, Rafael Ferlosio e Ignacio Aldecoa, en los cafés Gijón y Gambrinus. Niños de buenas familias que acabaron con la etiqueta comercial de "generación de los 50".
Pero no todo fue diversión; Benet y Martín-Santos también jugaron la carta del antifranquismo. Por su oposición al régimen fueron detenidos en Pamplona y Madrid, en la segunda mitad de los cincuenta. El segundo acabará preso en Carabanchel durante un tiempo. Entrará en relación con Enrique Múgica y Ramón Rubial. Después se afiliará al PSOE en la clandestinidad.
La vida acabó separando a Benet y Martín-Santos cuando este ocupó su puesto de director en el Hospital Psiquiátrico de San Sebastián. Se veían cada vez que el autor de Tiempo de silencio visitaba Madrid. La última vez que coincidieron fue un sábado del mes de enero de 1964. Martín-Santos había viajado a la capital para recoger detalles sobre los lugares de su época de estudiante de medicina, para incorporarlos a su siguiente novela, Tiempo de reconstrucción. En el viaje de regreso a San Sebastián, murió en un accidente de tráfico, cerca de Vitoria. Un año antes, su mujer Rocío Laffon había muerto por un escape de gas.
Luis Martín-Santos falleció a los 39 años. Su producción, además de las dos novelas mencionadas y algunos relatos, se completa con los ensayos Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental y Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial. Obra que se antoja demasiado insuficiente por tratarse de un escritor de gran talento. Queda la duda de lo que los lectores se perdieron por su prematura muerte.


