Yo hubiera combatido con Catilina

Gayo Salustio Crispo (86 a.C.-35 a.C.) fue político e historiador. Como historiador le fue mejor que como político. Desengañado de la vida pública, en la que ejerció distintos cargos, desde tribuno de la plebe hasta pretor y por último gobernador de la provincia de Africa Nova, se refugió en la villa Horti Sallustiani para dedicarse a la escritura. Es el autor de La conjura de Catilina, su obra más conocida; La guerra de Yugurta e Historias, inconclusa.  

Si Salustio ha pasado a la historia es gracias, en parte, a Lucio Sergio Catilina (108 a.C.-62 a.C.), uno de los personajes del pasado al que no le falta ni un defecto para ser un villano. Catilina es uno de los malotes de la historia, lo cual nos lo hace sumamente atractivo. 

Salustio y Cicerón fueron sus enemigos, y dejaron de él una semblanza terrible -más el segundo que el primero-. Cualquiera que haya leído La conjura de Catilina y las Catilinarias de Cicerón, discursos dirigidos a fustigar al político romano, se hace una idea pésima del político romano, el monstruo de las tres cabezas que exhibirían en una barraca de feria.    

Pero ¿fue tan terrible este Lucio Catilina? Escribe Salustio: "Nacido de linaje noble, poseía gran fuerza física y espiritual, pero su carácter era perverso y depravado. Desde su adolescencia resultábanle gratas las guerras intestinas, las muertes, los saqueos, la discordia civil, y en ello ejerció su juventud. Su cuerpo soportaba la falta de comida, el frío, el insomnio, por encima de lo que uno pueda creer". 

Esta descripción de Catilina que figura al comienzo de la obra, escrita cuando todos sus protagonistas habían muerto, ahonda en la fama del político cruel en los últimos años de la República romana. El adjetivo ambicioso cuadra también con su carácter. Desde que Catilina inicia su carrera política persigue la dirección del Estado, pero fracasará en ser elegido cónsul varias veces. En una de ellas frente a Marco Tulio Cicerón, su principal antagonista. 

Como recuerda Salustio, Catilina era de familia patricia. Su linaje era de los mejores de Roma. Pertenecía por tanto a la oligarquía que dominaba la República. Fue contemporáneo de Sila, Pompeyo y Julio César. Juego a los equilibrios de poder. Conocía las reglas del juego de la política, y cómo se las gastaba la aristocracia de su tiempo. Era de uno de ellos y, cuando pretendió ir contra los de su clase, lo pagó caro.  

Con estos personajes de la historia, elegidos como chivos expiatorios, sucede que el lector no sabe qué hay de verdad y de leyenda interesada para destruir su reputación. De Catilina se escribió de todo: que compró voluntades para ganar elecciones, practicó el asesinato con liberalidad, hasta dar muerte a un cuñado, ordenó incendios, hizo perder la virginidad a una sacerdotisa de Vesta y hasta promovía sacrificios humanos. Una joya, al parecer. Sin embargo, este hombre de "un color exangüe" y "ojos terribles", en palabras de Salustio, tenía predicamento entre los jóvenes, a los que enseñaba "malas acciones". 

En el empeño de cargar las tintas contra su biografiado, Salustio miente cuando le atribuye una primera conspiración, entre el 66 y 65. La única conspiración se inició en julio del 63, cuando nuestro protagonista fue de nuevo derrotado en los comicios para ser elegido cónsul, cargo que recayo en Lucio Licino Murena y Decio Junio Silano (a los romanos se les ponían tres nombres, como a mi difunto padre mis abuelos).   

Catilina, que a osado no le ganaba nadie, decidió echarle un pulso al establishment. ¡Y se hizo populista! Se presentó como el candidato de la plebe frente a la oligarquía y, para enfrentar la crisis económica que golpeaba a la mayoría, prometía el borrón y cuenta nueva (tabulae novae), la supresión de las deudas. 

En uno de sus dos discursos recogidos en la obra de Salustio, que complementan con los de Julio César y Marco Porcio Catón, Catilina se demuestra como un gran demagogo que nos recuerda a la España de nuestros días. ¿Quién no pondría las siguientes palabras en algunos políticos contemporáneos?: "¿Hasta cuándo vais a tolerar esto, hombres esforzados? ¿No es preferible morir con arrojo a perder con vilipendio una vida mísera y deshonrosa, siendo en ella el juguete de la altanería ajena". 

Y, por si no hubiese quedado claro, añade: "¿Qué moral que tenga los redaños de un hombre puede aguantar que a ellos les sobren riquezas para tirarlas en edificar en el mar y en allanar montes y que a nosotros en cambio no nos llegue el patrimonio familiar ni siquiera para lo necesario". 

Catilina, representante de la elite romana, abraza, por calculo político, la causa de los menesterosos de su tiempo. Y obviamente el sistema respondió con la consigna de que había que acabar con él. Cicerón encabeza el movimiento para acabar con su enemigo. Célebre su pregunta retórica "¿Hasta cuándo vas a abusar de nuestra paciencia, Catilina?".

Viéndose despreciado en el Senado, Catilina promete venganza antes de huir de Roma. "Puesto que mis enemigos me acosan y me empujan al abismo, apagaré bajo ruinas el fuego en que se me quema". En Roma quedan algunos conspiradores como Léntulo, Cetego, Estatilio y Casio. En cuanto el Senado descubre que participan en la conjuran, ordena que sean estrangulados con un lazo en la cárcel de El Tuliano. Julio César, en su discurso, pidió clemencia para ellos, pero se impuso la severidad de Marco Porcio Catón, partidario de la pena de muerte. 

Antes de emprender la huida, Salustio dice que Catilina mandó asesinar a Cicerón pero este se salvó porque la amante de un conocido desveló el plan. Años después, no tendría la misma suerte cuando Marco Antonio ordenó que lo mataran, y le cortaran la cabeza y las manos para exponerlas en el Foro. 

En cuanto se supo que los conspiradores habían sido ejecutados, la plebe, en un principio favorable a seguir a Catilina, le dio la espalda. Suele pasar. Este intentó huir a la Galia, pero el ejército enviado por Roma le cerró el paso. El político romano, rodeado de un puñado de fieles, enfrentó su destino. Pronuncia su segundo discurso, en este caso ante la tropa. "Os exhorto -dice a sus soldados- a que seáis valientes y decididos y que, cuando entréis en combate, recordáis que lleváis en vuestras manos riquezas, honra, gloria, y además la libertad y la patria". 

Salustio, que a lo largo de todo el libro le niega el pan y la sal a Catilina, exalta su gallardía al entrar en combate, seguro de encontrar la muerte. "Cumplía simultáneamente con el papel de soldado valiente y de buen general". Y añade: "Cuando Catilina ve derrotadas sus tropas (...), se lanza donde más enemigos había y peleando es acribillado allí". 

Su muerte tranquilizó a las familias poderosas de Roma. Se había conjurado el peligro representado por un outsider. Para que no quedaran dudas de su muerte, le cortaron la cabeza y la llevaron a Roma para exhibirla.  

Después de leer esta biografía publicada en Gredos, en la que no sabemos cuánto de verdad contienen sus páginas, reconozco la simpatía por el personaje. Le echa un pulso a los suyos, a los que desde Rómulo y Remo manejaban los hilos del poder, y lo pierde. Al final afronta su destino trágico con dignidad. No huye ni pide perdón. Si yo hubiera sido joven en aquella República romana, hubiera combatido por Catilina. Mi final hubiera sido el mismo que los compañeros de armas. Salustio nos recuerda que no quedó ni uno vivo en el campo de batalla, en lo que hoy se denomina Pistoya.     

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